Archivo mensual: marzo 2012

REFLEXIÓN ACERCA DE LA PERCEPCIÓN DEL HÁBITAT Y EL TERRITORIO DESDE LA MÚSICA AFROPACÍFICA Y AFROCARIBEÑA

Por: Alexander Paruma
Geógrafo
Estudiante Maestría en Hábitat
 
“Esta casa que yo hice
Pasando tanto trabajo
tiene piso guayacán
y paredes de chachajo
esta casa la hice yo
con amor y sacrificio
pero el barrio está de fiesta,
he invitado a mis amigos
hoy, la vamos a tumba”
Canción: La vamos a tumbar. Grupo Saboreo, 2000)
 

“La vamos a tumbar”, es como se titula una de las canciones del folclor del pacífico colombiano, interpretada por el grupo chocoano Saboreo. Nos habla precisamente en su letra de ese importante lugar llamado casa, que sin ser el todo del hábitat, si es algo fundamental a la hora de reflexionar sobre este término. En dicha interpretación musical podemos hacernos a una clara idea del paisaje y ante todo de lo que representa la casa para los habitantes de esta apartada región de nuestro país, sin desconocer claro está, la importancia que para el resto de los mortales también lo representa; si no fijémonos en el sueño generalizado de la población de tener su propia casa, sueño que nos lo recuerdan a diario las innumerables vallas publicitarias dispersas en las ciudades donde se oferta una gran variedad de casas y apartamentos.

Este currulao hace parte de la extensa gama de ritmos afrodescendientes propios de las comunidades negras asentadas en el pacífico colombiano; el cual deja entrever desde los distintos materiales con las que fueron construidas las casas, hasta los factores culturales y socioeconómicos que las circundan, en la medida en que el hecho de tumbarla y celebrar dicho acontecimiento nos habla más que de un posible abandono de dicho lugar. Efectivamente es el mensaje oculto que expresa esta canción, reconstrucción de la casa con materiales diferentes a los que inicialmente la constituían. Hecho que genera una serie de interrogantes acerca de los factores económicos, políticos, culturales, físicos etc. que impulsan las nuevas dinámicas de construcción,  ya sean urbanas o rurales.

 “Esta es mi tierra bonita
que embriaga mis sueños
con tantos parajes
y al desprevenido horizonte
en cualquier momento lo vuelve paisaje
Esta es mi tierra bonita
jardín que brotó de la naturaleza
riendo entre dos cordilleras
que celosas protegen mi tierra preciosa
Y quedó oliendo a café
quedó sabiendo a guarapo
con rico sabor de caña
el Cauca dejó la montaña”.
(Canción: Mi Valle del Cauca. Grupo Niche, 1988.)
 

Otro de los ritmos que nos invita a reflexionar sobre el hábitat y el territorio y todo el universo temático que estos encierran, tales como la problemática socioeconómica, las relaciones hombre-medio, por nombrar sólo algunos, es el género conocido como la salsa; ritmo que al son de las maracas, congas, clave y campana, entre otros instrumentos, describe mucha de la realidad de la región latinoamericana y pone de manifiesto los apegos sentimentales que se establecen entre los seres humanos y el medio que ellos habitan. Ejemplo fiel de estas aseveraciones son varias de las interpretaciones de agrupaciones como el Grupo Niche en nuestro país, en donde su director de origen chocoano, Jairo Varela, le dedica varias de sus canciones a su segunda tierra natal el Valle del Cauca y especialmente a la ciudad de Cali, describiendo sus paisajes tanto naturales como culturales. Canciones como: Cali pachanguero, Cali ají, Del puente pa´alla y mi Valle del Cauca se convierten en verdaderos símbolos músicales que profundizan las raíces territoriales de los habitantes de esta región y proporcionan de alguna manera, a los que no lo son, un mayor conocimiento de sus paisajes y cultura.

“De allá arriba se ve un río También se ve un platanal
Se divisa un cafetal Y más arriba un bohío
Pero todo está vacío Sólo se escucha el ladrar
De un perrito blanco y negro que no pudieron llevar
Se marcharon los Rodríguez No se sabe para dónde
Dejaron su terruñito Se fueron del monte”.
(Canción: Los Rodríguez. Conjunto clásico, 1979)
 

La nostalgia de abandonar el terruño se deja sentir a la hora de escuchar la canción titulada “Los Rodríguez” del Conjunto Clásico, otro tema a ritmo de salsa en el cual su letra nos lleva a reflexionar sobre un fenómeno muy común como es el del abandono, por una u otra razón, de las tierras del campo por parte de sus habitantes; y en la mayoría de los casos este abandono tiene como destino final las zonas urbanas y con ello el desencadenamiento de toda una problemática que va desde el crecimiento desmedido y la construcción en lugares no aptos,  hasta la perdida de la cultura campesina.

No sólo en la letra de esta canción se puede identificar la nostalgia y melancolía que representa el deshabitar sino que también en la imagen impresa en la caratula de su álbum.

Sin duda alguna el repertorio salsero es interminable, lo importante de esta pequeña muestra es resaltar las representaciones espaciales que se desglosan a través de las distintas vivencias y percepciones, convirtiendo así los espacios en lugares y el medio en paisaje. Al respecto Gómez (1994) planea “Por paisaje entendemos aquí la percepción del medio a partir de la expresión externa de éste. El medio se hace paisaje cuando alguien lo percibe”. Valorar el paisaje se convierte entonces en una valoración de quien lo percibe, es decir, del sujeto que habita un determinado territorio y que con toda su carga emocional pasa a hacer elemento fundamental a la hora de pensar en un ordenamiento del territorio, sobre todo hoy en día cuando el paisaje de calidad es más escaso, el mismo Gómez manifiesta que “el paisaje de calidad es escaso, también resulta obvio, porque obvio es el hecho de la depredación del paisaje por actividades de muy diversa naturaleza y de magnitud creciente: Urbanización, infraestructura de todo tipo, agricultura intensiva, minería, depósitos de residuos, etc.”

“Que lindos son los palmares
de mi cuba bendecida
el extranjero lo admira
que bonitos sus paisajes
arrogante sus palmares
y sus ríos caudalosos
allí todo era reposo
y se aliviaban pesares”.
(Canción: Junto al cañavera, Guillermo Portabales, 1967)
 

La guajira, un estilo cubano de música campesina, nos invita a través de uno de los representantes más importantes de este estilo musical, como lo fue Guillermo Portabales, a explorar las características del paisaje antillano, con sus letras y al son de una guitarra logró mostrar al resto de Latinoamérica y al mundo entero la sencillez de la vida campesina y el amor a su territorio. Cañaverales, ríos y palmares son tan sólo algunos de los elementos naturales que se resaltan en sus canciones.

“Santa Bárbara bendita
para ti surge mi lira
Santa Bárbara bendita
para ti surge mi lira
Y con emoción se inspira
ante tu imagen bonita
Que viva changó Que viva changó”
(Canción: Que viva chango. Celina y Reutilio, 1948)
 

Por su parte a ritmo de guarachas, son antillano y son montuno, agrupaciones como Celina y Reutilio destapan en muchas de sus interpretaciones el sincretismo cultural y religioso que caracteriza al territorio antillano, producto de la llegada de colonizadores europeos a tierras americanas y el desembarco, luego de un gran número de esclavos traídos desde tierras africanas, que al relacionarse de alguna u otra forma con las comunidades asentadas inicialmente en estas latitudes enriquecieron el matiz cultural del territorio. Ejemplo claro son los ritmos afrocaribeños y afropacíficos aquí mencionados y las creencias que como la Yoruba o la Santería cubana  combinan la religión católica con los dioses u Orishas propios de las creencias religiosas africanas,  en la letra de la canción podemos ver cómo el dios Changó de los africanos se mimetiza o relaciona con la Virgen de Santa Barbará del santoral católico.

El arte, en este caso la música como manifestación interna del propio ser humano, se convierte en el espejo donde nos vemos reflejados a través de las diferentes épocas de la historia, y más aún, donde se plasman una a una aquellas emociones que nos generan ciertos lugares, permitiendo una visión más integral de los conceptos de hábitat y territorio  y abandonando interpretaciones a veces sesgadas o alejadas de la realidad. Se hace necesario entonces adoptar concepciones más amplias que tengan presente la  cotidianidad y donde el ser humano con toda su complejidad se vea representado. Al respecto se toma una de las interpretaciones que según Gordillo (2005) son adoptadas en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre los Asentamientos Humanos, más conocida como Hábitat II, celebrada en junio de 1996 en la ciudad de Estambul, “hábitat, es un lugar espacial, físico e imaginario que permite el asentamiento geográfico de los grupos humanos para su desarrollo por medio de la vivienda, la ciudad y los territorios, y admite así mismo, significación y sentido en el individuo”. Hábitat y territorio no son estáticos, ni en su representación teórica y mucho menos en su representación material, el cambio es algo constante que acompaña a estos conceptos.

La reflexión final nace entonces de la comparación del ayer con el hoy, del espacio habitado ayer con el espacio habitado hoy, partiendo del hecho de que cada una de las canciones expuestas en el artículo presenta su propia temporalidad y espacialidad; algunas más antiguas que otras, de décadas diferentes, de siglos distintos, de múltiples nacionalidades, estilos unidos por su origen, en este caso el africano. Canciones que al ser escuchadas dan pistas de un paisajes desaparecido parcial o totalmente, dan indicios de  problemáticas nuevas o acentuadas.

Quedan muchos interrogantes, dejo algunos para concluir: ¿Qué pasa con nuestra percepción del hábitat y el territorio hoy en día?, ¿La música moderna continua siendo el vehículo con el cual expresamos nuestros sentimientos hacia el lugar que habitamos?, ¿Cuál es el futuro del territorio y el arte en un mundo globalizado?

“Ayyy no se
ya no se ve la alegría
que acostumbrábamos ver
al nacer el nuevo día
en dónde está el reventón
en dónde están las poesías
que el abuelo en el balcón
cantaba todos los días
Ayyy no sé
qué ha pasado con mi pueblo
que se ha olvidado de Dios
pensando solo en dinero
dónde está el jibarito
que con su voz entonaba
un hermoso lelolai
cantándole a su patría”.
(Canción: Todo ha cambiado. Orquesta la Cábala, 1979)

 

Bibliografía
Gómez Oreo,  Domingo. (1994). Ordenación del territorio. Una aproximación desde el medio físico. Madrid, España. Edit. Agrícola española S.A.
 
Gordillo Bedoya, Fernando.(2005). El hábitat: Mutaciones en la ciudad y el territorio. Consultado el 12 de marzo de 2012 de: http://redalyc.uaemex.mx/src/inicio/ArtPdfRed.jsp?iCve=39600308
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EL FENÓMENO DE LA METROPOLIZACIÓN EN LA CIUDAD MODERNA LATINOAMERICANA

 
Por: Juan Alejandro Marulanda Gaviria
Arquitecto
Estudiante Maestría en Medio Ambiente y Desarrollo
Universidad Nacional de Colombia -Sede Manizales.
 

El fenómeno de la metropolización en la ciudad latinoamericana parte de fenómenos a nivel social, económico y cultural, ocurridos en ciudades europeas durante el periodo de la revolución industrial, los cuales influenciaron notablemente la dinámica urbana e histórica de la ciudad latinoamericana y la relación con el concepto de lo moderno, direccionado a ciudades que mostraban procesos de crecimiento. La aparición de la “gran ciudad”, se ha ido construyendo a partir de soluciones a la problemática surgida con las ciudades de la década de los 50, donde la planificación era el reflejo del desarrollismo imperfecto que éstas debían seguir, y a “modelos mitificados” donde participaron diferentes actores internacionales llamados “procesos heterónomos”, sumado a procesos autónomos originados desde la propia Latinoamérica.

Imagen

Fuente: http://www.stormfront.org/forum/t278591/

Se puede afirmar que los fenómenos de metropolización y megalopolización hoy existentes, nacen a partir de los casos presentados en diversas ciudades latinoamericanas de la década de los 50, donde existía una aglomeración con más de un millón de habitantes, tales como Buenos Aires y Ciudad de México. La metrópoli es consecuencia, no solo de una crisis rural, sino también de un rápido crecimiento demográfico, que conlleva a una transformación radical, no de siglos, sino de dos décadas, con efectos sociales, económicos, políticos, culturales y principalmente de tipo espacial, donde la aparición de la misma se impone sobre la estructura tradicional de la ciudad, ya que ésta, no esperaba recibir un impacto a nivel demográfico tan alto; de esta forma la ciudad se establece como punto de partida hacia una nueva etapa de características propias y diferentes a las establecidas por la ciudad tradicional. Por lo tanto, la metrópoli establece sus bases bajo dos parámetros estructurales del ciclo de la ciudad moderna: el crecimiento y la expansión ilimitada, donde el primero se reflejó principalmente como una concentración en el espacio y la expansión como herramienta para asegurar un territorio.

Es paradójico entender cómo la ciudad latinoamericana es pensada como el instrumento para arribar a otra sociedad precisamente moderna; por lo tanto, su carácter modélico ideal no puede ser puesto en cuestión por los ejemplos de ciudades, sin duda imperfectas, que produce esta sociedad real. La modernidad se impuso como parte de una política deliberada para alcanzar una noción de progreso y, la metrópoli, fue el objeto privilegiado; así mismo la dimensión política ayudó noblemente a la metropolización en América Latina ya que la ciudad empezó a experimentar lo sucedido en Europa en los años 30 con dictaduras totalitarias, las cuales, trataron de imponer sus presuntuosas visiones de gloria;  en el caso de América latina, este modelo político estableció un “urbanismo estratégico”, donde los gobiernos debían promover una serie de proyectos ambiciosos como institutos, centros de salud, nuevas avenidas, conjuntos residenciales y otras obras arquitectónicas estatales, las cuales encontrarían ejecución a través de lo que algunos autores denominaron la “política del concreto armado”.

Paralelo a esto, las ciudades sudamericanas continuaron concentrando la mayor parte de la población y de las actividades económicas de los países durante la segunda mitad del siglo, estableciendo cambios urbanos motivados por la industrialización tardía, los cuales fueron definitivos para el incremento de la conflictividad urbana: aumento de la densidad por hectárea debido a la construcción de viviendas multifamiliares, incremento de los precios en el mercado de suelo y bienes inmuebles, parcelaciones indiscriminadas en las periferias, problemas con el transporte público y las comunicaciones, entre otros. Todos ellos alcanzaron grados críticos al igual que los suministros de energía, agua y alcantarillado; servicios todos que debían satisfacer tanto las necesidades de la creciente población como las demandas industriales.

La recolección de residuos urbanos, los servicios de correos y teléfono, de bomberos y de policía, debieron ampliarse y renovarse. Los cascos antiguos (antes lugar de residencia de las capas de mayores ingresos que emigraron buscando mejores zonas de localización), aceleraron su despoblamiento y cayeron en el abandono, al ser ocupados por grupos de rentas bajas. Mientras tanto, en el extrarradio, las barriadas periféricas aumentaban en extensión, llegando a formar una parte sustancial de la estructura física de muchas ciudades. Todos, eran factores que continuaban acentuando el fenómeno de la metropolización en las principales ciudades del continente.

Se puede afirmar entonces que la metrópoli en América Latina es el fenómeno del crecimiento no planificado. Es una constante cuando se hace alusión a los planes modernos inconclusos o fracasados, las migraciones aceleradas, los procesos económicos de baja industrialización y el mercado del suelo desregulado, justo cuando en Europa el paradigma se centraba en la planeación urbana y regional en la posguerra.

Ante el aumento de la población en la mayoría de las ciudades de Latinoamérica y la aparición de una sociedad urbanizada que requiere y establece nuevos modos de relacionarse con el territorio, la metrópoli actual es concebida bajo la búsqueda de mejores oportunidades que la ciudad debía ofrecer a los migrantes rurales para encontrar vivienda, trabajo, educar los hijos, tener servicios hospitalarios y escapar a la monotonía y desesperanza de lo rural. Este es el contexto en donde nacen y se consolidan nuestras metrópolis, relacionándolo con lo heterogéneo, lo contradictorio, lo híbrido, lo variado y paradójico.

Cabe concluir que actualmente el fenómeno de la metropolización en sí, no es malo, lo perverso es su reproducción casi que por osmosis debido a la falta de políticas públicas en torno a los modelos de desarrollo y de ocupación del suelo urbano y rural.

 Bibliografia

Simmel, G. (1988) “La metrópoli y la vida mental”. En: Bassols, M. et al. Antología de Sociología urbana (1ª ed.). México: UNAM.

Cuervo, Luis Mauricio; Jaramillo, Samuel (1993). Urbanización Latinoamericana: Nuevas perspectivas. Revista Escala, Santa Fe de Bogota, Colombia

Boris Graizbord, E; Sánchez Crispín, Álvaro. (1997). Las ciudades intermedias y el desarrollo  regional en México, CEDDU, El Colegio de México/Conaculta/Instituto de Geografía, UNAM.

Farías, Dídima. (1989). Las Metrópolis Latinoamericanas y sus Tendencias. En: Revista Geográfica No. 110, pp. 21-27, Chile.

Garza, Gustavo. (1990). Metropolización en México. En: Revista Ciudades, numero 6 pp 3-13, México


Reconfiguración territorial y política de espacio público

Por: Alejandra Marín Buitrago

Estudiante: Maestría en Hábitat

ImagenFuente: Sociedad de Arquitectos de Risaralda

La política nacional de espacio público (CONPES 2012), identifica la debilidad institucional asociada a la generación, gestión y control del espacio público urbano y suburbano, evidenciando entre otras problemáticas, la desarticulación entre las instancias encargadas del tema, el escaso aprovechamiento de los instrumentos de gestión y la inexistencia de herramientas para inventariar los inmuebles bajo tal clasificación. Dicho diagnóstico se describe desde las realidades de los municipios y en la relación de estos con los organismos nacionales encargados de orientar las líneas de acción en dicha materia.

Frente a este panorama se proponen una serie de estrategias de fomento de la asociatividad entre entidades públicas y, de estas con los privados, las cuales se orientarán a la disminución del déficit cuantitativo y cualitativo del espacio público, a garantizar su sostenibilidad y su apropiación por parte de la ciudadanía. Estas estrategias parten del entendimiento del espacio público como un atributo transversal a los demás elementos de la planeación urbana: la movilidad, la gestión del riesgo, la vivienda, e incluso el cambio climático; para luego desarrollarse en la incorporación de acciones concretas de espacio público en los planes de ordenamiento municipal y la planificación sectorial e intermedia. A su vez se asignan a algunas entidades del nivel nacional las funciones de generar estudios, trazar directrices y prestar asistencia técnica a los municipios para la gestión de sus espacios públicos.

Pese a estos avances, la política de espacio público no menciona estrategias dirigidas a la articulación y complementariedad intermunicipal, dejando sin herramientas a los procesos de desarrollo territorial a escala metropolitana o regional, lo cual dificulta la planeación, formulación, estructuración financiera y ejecución de proyectos urbano-regionales estratégicos (DNP 2011).

En consecuencia, mientras no se trascienda la visión del espacio público estrictamente municipalista, se corre el riesgo de que este atributo continúe reflejando los divorcios entre entidades territoriales vecinas, que, en vez de planificar y gestionar conjuntamente sus bordes urbanos, se avienen pasivamente a la configuración de ciudades que crecen de espaldas entre sí; así las cosas los espacios públicos interurbanos terminarían consolidándose como escenarios de exclusión territorial.

Por otro lado, más allá de la Política CONPES, el espacio público es desde siempre, causa y consecuencia de la política, entendida en el sentido amplio de la Grecia clásica “como el arte de conseguir decisiones mediante la discusión pública” (ARENDT 2005). Adicionalmente,  en las sociedades contemporáneas la construcción de ciudadanía ha rebasado por mucho los límites de la polis; vivimos en ciudades plurimunicipales (BORJA 2002), por tanto la visión del espacio público como “espacio de lo político” toma cuerpo en escenarios que trascienden el ágora y las plazas centrales.

La ciudad ha pasado de la pequeña polis aislada de otras, a una intrincada red de nodos que se expanden hasta diluir sus bordes en la conurbación tomando nuevas formas, que configuran una nueva territorialidad y dan lugar a nuevos escenarios de identidad. Espacios públicos como las centralidades metropolitanas y los bordes urbanos se erigen como nuevos escenarios de encuentro y deliberación ciudadana, para los cuales también se requieren estrategias de asociatividad.

Pese a que estas estrategias no fueron previstas por la Política de Espacio Público, la reconfiguración territorial que se propone desde la Ley Orgánica de Ordenamiento Territorial (LOOT), aporta algunos instrumentos que pueden viabilizar una estrategia de articulación y complementariedad de entidades territoriales para el desarrollo del espacio público interurbano o de significación supramunicipal.

El modelo de asociatividad que se propone desde la LOOT parte de los principios de gradualidad y flexibilidad, siendo por tanto las entidades territoriales las que deben establecer las condiciones y el ritmo al cual se integran; empezando por ejemplo con la gestión conjunta de acciones puntuales, o la unificación de sus espacios de planificación, para irse adaptando a formas más estables de integración, conforme a sus capacidades y necesidades. La LOOT plantea igualmente la creación de instancias de integración -especialmente regiones- “a partir de ecosistemas bióticos y biofísicos, de identidades culturales locales, de equipamientos e infraestructuras económicas y productivas y de relaciones entre las formas de vida rural y urbana, en el que se desarrolla la sociedad (…) En tal sentido, el principio rector de la regionalización se enmarca en una visión del desarrollo hacia la complementariedad.

La LOOT es -en todo caso- más precaria cuando se trata de la articulación intermunicipal,  la finalidad de las asociaciones de entidades territoriales en general, es prestar conjuntamente servicios públicos, funciones administrativas, ejecutar obras de interés común o cumplir funciones de planificación, así como para procurar el desarrollo integral de sus territorios, es decir, presentan el mismo contenido que las asociaciones de municipios, ya reguladas en la Ley 136 de 1996, las cuales han figurado como herramienta legal de gestión desde hace más de quince años sin mostrar -hasta el momento- resultados contundentes.

De igual manera, el contrato o convenio plan que se menciona en la LOOT como instrumento para la creación y ejecución de las asociaciones de municipios, también guarda estrecho parecido con  el convenio de asociación regulado desde la Ley 136 y con los mismos convenios interadministrativos que para efectos contractuales se reglamentan en la Ley 1150 de 2010. Así las cosas, el modelo asociativo municipal de la Ley Orgánica de Ordenamiento, solo difiere de lo ya existente, por tres razones básicas: por la obligatoriedad de que el contrato-plan se celebre en un marco de acción, que complemente los planes de desarrollo de los asociados en un “modelo de planificación integral conjunto”, por las prerrogativas que se otorgan a dichos esquemas asociativos a través del Fondo de Desarrollo Regional y por el contexto de desarrollo territorial dirigido a la asociatividad, en el cual se deben interpretar todos los instrumentos de la LOOT.

Es de esperarse que el posterior desarrollo reglamentario de la LOOT, amplíe y aclare los alcances del contrato plan, de modo que puede acogerse como una herramienta que se integre a los objetivos de la política nacional de espacio público, llenando algunos de los vacíos que actualmente se presentan en la gestión supramunicipal de lugares como las centralidades metropolitanas o regionales y los bordes urbanos. También sería indicado, que mediante dicha reglamentación se aplicaran ciertos criterios del principio de regionalización a las asociaciones entre municipios, de modo que puedan constituirse  estos esquemas de integración alrededor de identidades culturales locales o de ciertos ecosistemas o equipamientos icónicos.

En conclusión, los nuevos territorios que toman forma con la conurbación y la metropolización exigen su reconocimiento social y político, así como el desarrollo de herramientas normativas novedosas que permitan gestionar la complejidad socio-ambiental y político-administrativa que tiene lugar en las actuales ciudades plurimunicipales.

Bibliografía

ARENDT Hannah (2005). La Política Como Espacio Público. Disponible en: http://www.insumisos.com/lecturasinsumisas/La%20politica%20como%20espacio%20publico.pdf (consultado febrero de 2011).

BORJA Jordi (2002). “Ciudadanía y Globalización”, en Revista del CLAD Reforma y Democracia. No. 22 (Feb. 2002). Caracas, disponible en: http://www.clad.org/portal/publicaciones-del-clad/revista-clad-reforma-democracia/articulos/022-febrero-2002/0041400 (consultado 15 de febrero de 2012).

República de Colombia DNP -Dirección Nacional de Planeación- (2012). Documento CONPES 3718, Política Nacional de Espacio Público. Disponible en http://www.dnp.gov.co/LinkClick.aspx?fileticket=DnfcXXlwbFM%3D&tabid=1475 (Consultado 10 de febrero de 2012).

República de Colombia, Congreso (2011). Ley 1454 de 2011. Disponible en http://www.secretariasenado.gov.co/senado/basedoc/ley/2011/ley_1454_2011.html (Consultado en noviembre de 2011).

República de Colombia DNP -Dirección Nacional de Planeación- (2011). Plan Nacional de Desarrollo 2010-2014, PAGER vivienda y ciudades amables. Disponible en http://www.comfama.com/contenidos/Servicios/GerenciaSocial/Publicaciones/Descargar/Docs_cooperacion/9-PND%20VIVIENDA%20Y%20CIUDADES%20AMABLES.pdf (Consultado en agosto de 2011).

Ordenamiento Territorial: Consideraciones alrededor de la continuidad en los procesos naturales

Por: Juan David Céspedes Restrepo
Administrador Ambiental
Estudiante Maestría en Hábitat
Universidad Nacional de Colombia -Sede Manizales-
 

Uno de los objetivos que ha perseguido el ordenamiento del territorio en su concepción teórica, y desde los primeros esfuerzos normativos que se han realizado para su ejercicio -desde la ley 9/1989, pasando por la ley 388/1997 y la ley 1454/2011-, consiste en orientar adecuadamente el desarrollo territorial, complementando la planificación económica y social en las ciudades. Sin embargo, pasados cerca de doce años desde la aparición de los primeros Planes de Ordenamiento Territorial [POT], se observa que la mayor parte de las ciudades colombianas se ha configurado de manera fragmentada, hecho que se manifiesta mediante el desarrollo de actuaciones urbanísticas desarticuladas que favorecen la existencia de conflictos en el uso del suelo; los cuales, no solo riñen con la vocación y aptitud local de las ciudades, sino también con el contexto regional del cual hacen parte.

Una de las razones que favorece esta situación descansa en la negación de las condiciones de reciprocidad que existen entre las dimensiones socioculturales, político-institucionales, físico-espaciales y económico-financieras que son inherentes al territorio (Guzmán, 2011). En este sentido, resulta sumamente interesante el planteamiento realizado por Gustavo Adolfo Agredo (2011) quien afirma que esta situación tiene su génesis en la manera como se formula la ciudad, proceso que se realiza bajo un enfoque mecánico y tecnocrático resultado de la ruptura con el medio natural. Este paradigma desdibuja el origen natural del hombre en el interés de éste por construir su “mundo ideal”.

El distanciamiento hombre-medio natural desconoce la importancia de los sistemas naturales como elemento estructurante del territorio, al tiempo que niega el carácter ambiental de los procesos socioculturales de construcción del mismo; como consecuencia, los esfuerzos en torno al ordenamiento del territorio se componen de intervenciones antropogénicas concebidas unidimensionalmente, que en la mayoría de los casos no guardan relación con las necesidades y potencialidades del contexto. Este escenario, pone en evidencia la necesidad de abordar la problemática ambiental en los procesos de ordenamiento con base en una aproximación al carácter dinámico de los aspectos físico-espaciales y ecosistémicos del medio natural, los cuales son imprescindibles en la construcción de territorio1.

Sin embargo, es preciso recordar que los sistemas naturales son por definición sistemas abiertos, en tanto que permanecen en constante interacción mediante intercambios de trabajo, materia, energía e información con el entorno que los rodea (Ossa, 2004). Esta característica impide delimitar espacialmente los sistemas naturales, que se extienden en casi todos casos más allá del área de planificación definida para ordenar un territorio. Al respecto, Jaume Terradas (2001) citado por Gustavo Agredo (2011: 57), afirma que “(…) las ciudades y otros territorios están organizados de acuerdo con unos límites administrativos que no se corresponden necesariamente, ni con la realidad socioeconómica ni con la ecológica”. Es posible afirmar que los límites administrativos corresponden a trazados rígidos sobre elementos geográficos en un intento por definir la función de propiedad, lo que conlleva a la falta de coherencia y continuidad entre las ciudades y los sistemas naturales.

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Fuente: http://ecolosfera.com/img/ecolosfera/2009/09/incheon_1_pvm2e_69.jpg

Esta brecha entre lo urbano y el medio natural, se hace más evidente al aumentar la escala en la unidad de planificación considerada. En este sentido si se toma como unidad de análisis el departamento, emergen con mayor claridad diferencias paisajísticas, geomorfológicas y biofísicas, las cuales crean barreras, dificultan el acceso y movilidad entre los municipios que lo conforman, lo que se traduce como una ruptura en el desarrollo de las interrelaciones y flujos que configuran la complementariedad funcional en su interior. Este tipo de rupturas impide la adecuada planificación en el territorio al tiempo que obstaculiza el ejercicio de la gobernanza. Además, favorece la desigualdad entre los municipios que conforman un departamento, al dotar de mayores ventajas competitivas y socioeconómicas al municipio localizado en la zona de mayor acceso, hecho que favorece el desarrollo centralizado en un territorio.

El ordenamiento territorial exige por tanto la búsqueda en la continuidad de los procesos naturales de manera independiente a la escala de referencia, condición sine qua non para el funcionamiento del sistema como un todo integrado. Bajo este enfoque, la continuidad se convierte en un eje estructural para la movilidad, la complementariedad de funciones y además, constituye la garantía para la preservación de los bienes y servicios ambientales que nutren el territorio; de manera que el rompimiento de la continuidad en algún punto de la red afecta considerablemente el funcionamiento del todo (Tardín, 2005).

De igual forma, considerar la continuidad conlleva necesariamente a un aumento en la unidad de planificación como medida para garantizar la coherencia entre las funciones y el fortalecimiento de la complementariedad de las ciudades dentro de un contexto regional. Al respecto, existen en la actualidad propuestas sumamente interesantes como la constitución de ecorregiones o la planificación del territorio con base en las cuencas hidrográficas, en las cuales se propone el ordenamiento con base en un espacio determinado -o que pueda ser determinable- con características particulares que le otorguen identidad y potencien algún grado de unidad en lo que se refiere a evitar la interrupción de los procesos naturales (Arango, 2011).

Este tipo de propuestas tienen por objeto mejorar la gestión sobre los bienes y servicios ambientales, el patrimonio natural y la biodiversidad; al tiempo que buscan fortalecer  la articulación de los municipios y las instituciones en la construcción de territorios funcionales y sustentables. A la luz de éstas consideraciones, el estado actual de fragmentación en la mayoría de las ciudades y regiones de Colombia, manifiesta una necesidad creciente de reformular la manera como se planifica y construye el territorio, reduciendo la brecha entre lo urbano y el medio natural en la búsqueda de articular los sistemas urbanos y las procesos naturales. Este escenario exige el desarrollo de instrumentos de integración interinstitucional y normativos que permitan avanzar hacia un ordenamiento del territorio interdisciplinario y transversal, con base en la reformulación de las escalas territoriales para la planificación y el reconocimiento del carácter ambiental2 de los procesos de construcción del territorio.

1Es importante hacer claridad en que los procesos de planificación y ordenamiento del territorio poseen un nivel de complejidad elevado, y que como se mencionó previamente, sobrepasan las dimensiones socioculturales, político-institucionales, físico-espaciales y económico-financieras. La intención al hacer esta afirmación no es la de reducir los procesos de ordenamiento al aspecto ecosistémico; sino exponer la necesidad de considerar este elemento de manera conjunta a la estructura y función de los sistemas sociales que configuran el territorio.   

2 En este sentido, el término ambiental se emplea no sólo para denotar las condiciones biofísicas y espaciales del entorno, sino para el reconocimiento del entorno como tal, incluyendo los aspectos socioculturales, económicos, y político-institucionales.

Bibliografía

Agredo, G. A. 2011. La Cuenca Urbana: Unidad Territorial para el Desarrollo Sostenible de Ciudades de Media Montaña en el Trópico Andino. Revista La Redvista; No.2 Enero-Junio de 2011. pp. 55-74. Sello Editorial Alma Mater; Pereira.

Arango, O. 2011. Cinco Vacíos en el Proyecto de Ley Orgánica de Ordenamiento Territorial: Una Lectura desde la Ecorregión Eje Cafetero. Revista La Redvista; No.2 Enero-Junio de 2011. pp. 22-39. Sello Editorial Alma Mater; Pereira.

Guzmán, S. D. 2011. Territorios Convencionales, Artificiales e Impuestos. Revista La Redvista; No.2 Enero-Junio de 2011. pp. 14-19. Sello Editorial Alma Mater; Pereira.

Ossa, C. A. 2004. Teoría General de Sistemas, Fundamentos. Pereira: Editorial Gráficas Olímpica. 254 pág.

Tardin, R. 2005. Sistema de Espacios Libres y Reestructuración de los Territorios Urbanos. En La Sustentabilidad Hoy -2005-. pp. 55-65. La Plata: Fondo Editorial Cepa.

Cambios de paradigma en los imaginarios colectivos, la ciudad sustentable

Por Willliams Gilberto Jiménez García

Administrador Ambiental

Estudiante Maestría en Hábitat

La sociedad actual se encuentra en una encrucijada que la concita a una novedosa voluntad por agregar nuevos temas y redefinir conceptos que permitan comprender y analizar integralmente una realidad, hasta el momento muy definida, pero poco interpretada. Los esfuerzos por construir nuevos paradigmas de ciudad que contribuyan a la construcción de imaginarios colectivos que sustenten la acción de las personas, la continuidad de los procesos sociales, el intercambio y construcción de información y la supervivencia del planeta a escala global, en medio de una virtualización de la realidad y una lucha cada vez más evidente por los recursos naturales, son algunas de las manifestaciones de una nueva forma de ver el mundo.

Acercamiento al cambio de paradigma de la ciudad

La ciudad como centro de intercambio y epicentro del desarrollo humano, ve su génesis en antiguas civilizaciones agrícolas, según Sjordberg (1982), citado por Villamil (2000) hace 5500 años, y se ha ido transformando y re-significando en diversos periodos que incluyen la ciudad medieval, la ciudad industrial, la ciudad moderna (con sus matices como ciudad mercantil y ciudad productiva, etc) e incluso hoy se habla de la ciudad del conocimiento y de las eco-ciudades.

Se crearon en la ciudad nuevas formas de organización y participación democrática, el abastecimiento y consumo de nuevos productos, el comercio y renta de tierras. La ciudad también permitió según Lezama (citado por Acebedo, 2012)1, la búsqueda de espacios de libertad (aunque también propició procesos de restricción de la misma). Para Castells (citado por Acebedo 2012)2  la ciudad ayudó a la concentración espacial de los pobladores que transmitían nuevos sistemas de valores y además  generó en las personas nuevas maneras de ocupar, construir, sentir y pensar sus espacios.

Al ser la ciudad, según Villamil (2000), un ente vivo, que ha surgido, florecido y muerto a través de la historia de diversas culturas y espacios geográficos, se encuentra en su contexto práctico actual en crisis por cuenta del paradigma del desarrollo económico global, patrones del capitalismo como la segmentación de los roles, la generación de información, la dualidad de libertad y desigualdad, el agotamiento de recursos naturales, la pobreza y el hacinamiento. Todos estas situaciones hacen de las ciudades centros de la insustenibilidad.

La insustentabilidad en las ciudades no deja de ser la consecuencia del paradigma actual de desarrollo (el cual termina siendo paradójico, pues permitió la reproduciblidad de las ciudades por mucho tiempo) y según Pesci (2009), se puede relacionar todos estos efectos con las grandes extensiones urbanas o metropolitanas que se han convertido en el nicho de la diferenciación social, los impactos ambientales, el aumento de población y la paranoia colectiva. Siendo así necesario un cambio de paradigma que permita el sostenimiento de las ciudades y el ambiente en el tiempo.

La crisis propicia los cambios

El cambio de paradigma necesita un propósito que motive al conjunto de la población pensar, analizar y cambiar su actitud-comportamiento ante una situación cualquiera. Como todo sistema, el ser humano, la ciudad y el ambiente, necesitan de estimulos (externos o internos) que garanticen la reacomodación del sistema ante las nuevas necesidades y propósitos del mismo.

Un estimulo que generó pensar desde la alteridad y la complejidad a la ciudad y el territorio, ya no desde la perspectiva de conglomeración de habitantes y escenario de extracción sino de la relación sujeto/objeto, ha sido la crisis ambiental que emerge no como solución a los problemas no resueltos del desarrollo, sino como el dinamizador de cambios en los modelos económicos, sociológicos y del conocimiento.

El pensar en una crisis a escala planetaria que se manifestaba por la particularidad y la relación de fenómenos naturales y sociales antes vistos de manera aislada por parte de las instituciones de poder, pero que ahora dejaban ver una conexión intrínseca entre ellos y, que además, se intensificaban, puso en jaque a estos grandes conglomerados del poder mundial (entiéndase grupos financieros, estados y grupos científicos, para nombrar los más representativos) y preocupó a corrientes de pensadores que abordaron la problemática con intenciones que iban más allá de entenderla, más bien, comprenderla.

Por su parte Enrique Leff (2007) anota en este sentido y cuando ya el discurso de crisis empieza a configurarse y relacionarse con la forma de pensar, entender y habitar el territorio:

“La crisis ambiental de nuestro tiempo es el signo de una nueva era histórica. Esta encrucijada civilizatoria es ante todo una crisis de la racionalidad de la modernidad y remite a un problema del conocimiento. La degradación ambiental –la muerte entrópica del planeta– es resultado de las formas de conocimiento a través de las cuales la humanidad ha construido el mundo y lo ha destruido por su pretensión de unidad, de universalidad, de generalidad y de totalidad; por su objetivación y cosificación del mundo. La crisis ambiental no es pues una catástrofe ecológica que irrumpe en el desarrollo de una historia natural. Más allá de la evolución de la materia desde el mundo cósmico hacia la organización viviente, de la emergencia del lenguaje y del orden simbólico, el ser de los entes se ha “complejizado” por la re-flexión del conocimiento sobre lo real”

Desde esta perspectiva planteada, la crisis ambiental engloba las demás crisis mundiales (económica, productivista-consumista, materialismo-objetualidad, epistemológica, ciudad moderna) porque la analiza a partir de las formas en las que la humanidad ha interpretado y modificado el mundo, desde el saber y el conocimiento, lo que hace que este fenómeno (la crisis) sea transversal a todas las ciencias y delate una visión integral de la realidad, sin querer indicar una situación catastrófica con visión apocalíptica, sino, un escenario de construcción, re-construcción y de-construcción que busca el concurso de todas las disciplinas y de todos los agentes del desarrollo.

Desde la complejidad de los procesos de desarrollo de las ciudades en un contexto de la globalización es necesario una critica al concepto mismo de desarrollo (en crisis), que se haga desprendidamente de los modelos usuales, que sea un examen colectivo pormenorizado de las posibilidades, individuales, sociales, técnicas, tecnológicas y científicas, de reflexionar y actuar de acuerdo a la construcción de los imaginarios colectivos desde la ciudad hasta el ambiente más amplios, más profundos y, eventualmente, más respetuosos con las visiones ajenas.

Nuestra realidad, un posible nuevo paradigma

La visión compleja del mundo hace necesario cambiar el paradigma y reflexionar de una manera integral a la ciudad. Villamil (2000) propone que a dicha reflexión se le debe dar un sentido humano y no solamente técnico, un sentido político y no solamente disciplinario; un sentido social y no solamente académico, con el fin de generar los espacios de construcción colectivos e interdisciplinarios, aprovechando las sinergias de estos sistemas complejos.

Pensar las ciudades con principios de sustentabilidad (como nuevo paradigma) refiere a la sociedad un paso de interpretar la realidad de flujos lineales a flujos cíclicos, donde según Pesci (2009) la concepción de la realidad debe dejar de entenderse fragmentadamente, es decir de forma parcial (sectorial) a ser vivida de manera holística; las técnicas usadas en conjunto de la sociedad deben pasar de ser especializadas a ser integradoras; el capital debe no limitarse solo a lo económico, sino tener en cuenta todos los tipos (natural, socioeconómico, cultural). Las estrategias no pueden ser más de corto plazo, ya que se incluyen en procesos con todas las escalas de tiempo; los ciclos no pueden ser mas incompletos, para completarse cuando se retroalimenten con sí mismos y con otros ciclos.

Las ciudades con principios de sustentabilidad se basan según Pesci (2012) en cuatro niveles de diagnóstico y propuesta:

Eco-forma: una ciudad que asume sus grandes valores paisajísticos ambientales, la defensa de su biodiversidad y enfrenta los riesgos de su geomorfología y su clima para transformarlos en una matriz creativa que orienta su diseño y evolución.

Socio-forma: una sociedad que consulta los deseos de sus habitantes y trata de concertar soluciones leves (antes que prepotentes) e inclusivas (antes que excluyentes).

Tiempo-forma: una ciudad que sabe evolucionar prudentemente manteniendo sus patrones deseables de ecoforma y socioforma.

Formas de gestión: una ciudad que adopta formas participativas y consorciadas de toma de decisiones, de manera de hacer posibles y sustentables los 3 niveles antes descritos.

Si bien, las ciudades sustentables no son la única formula en procura de la superación de la emergente crisis ambiental global, pueden ser un salvavidas que aunado con las ciudades del conocimiento pueden determinar un nuevo rumbo, un nuevo paradigma en la forma de vivir las ciudades. El gran desafío es mirar a la ciudad en su conjunto y defender los atributos culturales que la significan y a su vez le indican su función orgánica y técnica, verla desde lo individual hasta lo colectivo, desde lo natural hasta lo construido, desde lo mítico hasta lo científico. Pesci (2012)argumenta que es necesario innovar para recuperar un sistema alterado o crear paisajes nuevos, más innovadores porque la naturaleza de los procesos productivos y sociales demandan cambios.

Notas

1 Lezama, J.L. Características de la ciudad moderna. Seminario Sociedad Espacio Naturaleza.  Luis Fernando Acebedo, Marzo 2 de 2012. Maestría en Hábitat, Universidad Nacional de Colombia, Sede Manizales

2 Castells, M. Fenómeno de urbanización. Seminario Sociedad Espacio Naturaleza.  Luis Fernando Acebedo, Marzo 2 de 2012. Maestría en Hábitat, Universidad Nacional de Colombia, Sede Manizales

Referencias Bibliográficas

Leff, E. (2007). La Complejidad Ambiental. Polis. Revista académica de la universidad bolivariana. Revista en Línea. Recuperado el 4 de Marzo de 2012, de: http://www.revistapolis.cl/16/leff.htm

Pesci, R. (2009). FLACAM, Pensamiento y Acción. Facultad de Arquitectura del Paisaje. Universidad Central, Santiago de Chile. Recuperado el 6 de Marzo de: http://www.flacam-red.com.ar/centrodocumentacion/documentacion/Reflexiones%20sobre%20la%20praxis%20socio-ambiental.pdf

Pesci, R. (7 de Marzo de 2012). Reflexiones desde la praxis socio-ambiental de CEPA / FLACAM y contribuciones a la teoría de la ciudad del conocimiento. Foro Latinoamericano de Ciencias Ambientales FLACAM. Recuperado el 8 de Marzo de: http://www.flacam-red.com.ar/centrodocumentacion/documentacion/Reflexiones%20sobre%20la%20praxis%20socio-ambiental.pdf

Sjordberg, G. (1982). Origen y evolución de las ciudades. En Scientific American, 1-26. En: Villamil, L. (2000). La ciudad colombiana : Una reflexion desde lo disciplinario y lo social. Revista Bitacora. Urbano Regional. Vol 1 No 4.Facultad de Artes Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá, 73-77.

Villamil, L. (2000). La ciudad colombiana : Una reflexion desde lo disciplinario y lo social. Revista Bitacora. Urbano Regional. Vol 1 No 4. Facultad de Artes Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá, 73-77.