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La ciudad habita el territorio del agua

 “En el principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra, todo era confusión y no había nada en la tierra. Las tinieblas cubrían los abismos mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas”[1]

 Por: Norma Constanza Idárraga Hernández

Trabajadora Social, estudiante de la Maestría en Medio Ambiente y Desarrollo, Universidad Nacional de Colombia

Foto

Foto Idárraga, N. (2013) “Plan de Ordenación y Manejo de la Cuenca del río Chinchiná. Consejo de cuenca” , Manizales.  
 

La ciudad habita el territorio del agua. El génesis bíblico propone el agua como elemento necesario desde donde se empieza a construir la vida. Dios aletea sobre el agua como elemento primigenio del que parte la construcción, no de la creación pero sí del planeta como exponente de lo que será después la vida.

Aristóteles nos cuenta  en su obra Metafísica, que Tales de Mileto, filósofo de occidente,  propone el agua como el elemento principal y constitutivo del mundo. El filósofo ve en el líquido, en su naturaleza maleable y necesaria, el principio de la vida y de las cosas.

Pero más allá de elementos teológicos y filosóficos, pragmáticamente el agua es un elemento fundacional en el sentido más literal de la palabra. La especie humana  desde sus orígenes buscaron las riveras de los ríos, la proximidad de fuentes para asentarse. Aún hoy no pueden existir asentamientos sin agua, quienes buscan fundar una población pueden ignorar problemas como el clima, la calidad de la tierra y hasta las pendientes o las alturas, pero no el de la falta del líquido. Es así que la ciudad debe habitar el territorio del agua.

Las cuencas hidrográficas ofrecen numerosos servicios a la ciudad. El suministro mundial de agua dulce para uso doméstico, agrícola e industrial depende de los caudales que se producen y regulan en las cuencas. La agricultura y la seguridad alimentaria dependen en gran medida del agua superficial y los sedimentos recogidos y transportados por las laderas de las cuencas (FAO, 2007; Mountain .Agenda, 1998).

Pero no hay tal cosa como una simbiosis entre la ciudad y su patrimonio  hídrico. La urbe usa el líquido pero no ayuda ni  a conservarlo ni a mantenerlo siquiera limpio. Le roba espacios, tuerce sus cauces y desencadena tragedias producidas por una de las características más interesantes del agua, su versatilidad, su capacidad de escaparse, de encontrar siempre un camino, de no dejarse detener ni estancar.

Desde la antigüedad, el origen de las ciudades se ve relacionado con la presencia de una cuenca hidrográfica que permita el mejoramiento de la calidad de vida de sus habitantes. Sin embargo, también desde el origen de las ciudades en nuestro continente, la  relación Cuenca – ciudad no ha tenido la atención necesaria desde la planificación del territorio y los usos del suelo como lo han demostrado los estudios de la CEPAL (1999: página 22): 

Las riveras de los ríos son intensamente utilizadas por la población de escasos recursos  como medio de vida ya que estas áreas son utilizadas para establecerse y solucionar su problema de vivienda, sin preocuparse por  los riesgos que esto acarrea: inundaciones, deslizamientos, contaminación, falta de salubridad, inseguridad,  deteriorando totalmente su calidad de vida 

Los usos del agua están determinados por la altura. Y esto también tiene que ver, con excepciones, por supuesto, con las identidades de las ciudades. Las partes altas de las cuencas, denominadas páramo o jalca, son el lugar donde se genera y concentra la mayor parte del agua. Sus poblaciones son menores y en la mayoría de las regiones la habitan predominantemente pequeños productores, comunidades campesinas y pueblos indígenas. La cuenca media es el sector relacionado fundamentalmente con el escurrimiento del agua, siendo frecuente la presencia de pequeñas ciudades y gran actividad económica. La parte baja tiene pendientes mínimas, está constituida por amplios valles, donde se desarrolla una intensa actividad agropecuaria, y por medianas y grandes ciudades. Allí también se ubican los grandes proyectos de irrigación con importantes sistemas de embalse. El potencial de aguas subterráneas de estas zonas es alto (Corpocaldas, ASOCARS, Universidad Nacional de Colombia, 2012)

Manizales clasifica como una ciudad de cuenca urbana, (sería interesante la  reflexión acerca de qué hace que una ciudad sea realmente ciudad en relación con los usos y abusos sobre el agua y hacernos la pregunta acerca de si Manizales alcanza el no necesariamente honroso título). Definir si las poblaciones son o no ciudades a partir de los usos del agua sería un interesante ejercicio, que alejaría la discusión de temas solamente urbanísticos, poblacionales o de uso de los suelos.

Mélida Restrepo de Fraume enseñaba a Manizales como algo que está mucho más allá que un conjunto de calles y avenidas. Ella advertía sobre la idea errónea  y generalizada de pensar a Manizales como su zona urbana, pero era clara en sus clases, en que no podía olvidarse que Manizales es un territorio que abarca zonas de Páramo y también zona bajas que están entre los 800 y los 2 800 metros sobre el nivel del Mar.

Vista así hay que pensar a Manizales dentro de diferentes territorios del agua, y no solo, como se puede pensar a primera vista, como ubicada en único territorio.

A pesar de la gran importancia que tienen las cuencas hidrográficas, su deterioro sigue siendo evidente. Para el caso específico de la cuenca hidrográfica del río Chinchiná, territorio al que pertenece Manizales, se puede ver cómo a partir de la segunda mitad del siglo XIX se inició su proceso de deterioro. Extensas zonas fueron deforestadas debido a la extracción de madera y leña y a la ampliación de la frontera agropecuaria. Debido al uso equivocado del suelo se ha deteriorado la oferta ambiental, se ha modificado el ciclo hidrológico, hay altos niveles de sedimentación en las captaciones de agua, avanzan procesos erosivos, y hay pérdida de hábitat para la flora y la fauna (Acosta & Muñoz, 2005 página 4).

Este conflicto se genera en la mayoría de las ciudades que cuentan con una cuenca urbana. Existe entonces la necesidad de establecer una íntima relación entre la solución técnica de los planificadores y la vida que allí se desarrolla, es decir la participación de la comunidad que está presente en la cuenca, pues cómo se acaba de ver, la cuenca no se detiene en el territorio de la ciudad, sino que es la  ciudad la que afecta todo el territorio de la cuenca que habita.

Es desde esta idea que se han dado en la ciudad diálogos de saberes que permiten la

(…) conformación de comunidades activas, que interpreten, den significado y transformen su realidad desde sus propios contextos de vida, desde sus propias vivencias. Reconocer que el otro en la comunidad es poseedor del saber, del conocer que en la vivencia cotidiana ha construido, es un camino para pasar de la intervención al encuentro, de la imposición al diálogo y así impedir la dominación de las personas o grupos que realizan los trabajos con la comunidad, aspecto que ha sido muy común en éste tipo de procesos sociales (Cordero y Romero, 2007: página 1)

Estos diálogos permiten redimensionar el territorio a través de construcciones colectivas, no a partir de mapas si no de saberes tejidos en red que se conforman y se reconfiguran con la retroalimentación.

Los diálogos permiten crear conciencias en temas, sin los cuales lo que se hace en áreas como el uso de la madera y la leña en las cuencas serían solo normas que para los habitantes representan formas de represión del Estado y no maneras de convivir con los territorios del agua.

Es cierto que los bosques de las cuencas son una fuente importante de madera y leña y que la vida y los medios de subsistencia de gran parte de la población rural dependen directamente del patrimonio natural de la cuenca, pero no es cierto que las prácticas no puedan cambiar, eso sí, a partir del trabajo directo de la comunidad que se apropia de su cuenca, y no únicamente con medidas de carácter restrictivo o punitivo.

Bibliografía

Aristóteles, Metafísica, traducción de Calvo Martínez T., Gredos, Madrid 2005.

Cordero Rodríguez, Xiomeli; Romero, Elizabeth. (2007). Abordaje comunitario y el diálogo de saberes. Experiencias desde la educación superior.  Universidad Bolivariana de Venezuela ,Sede Zulia, Venezuela

CORPOCALDAS, ASOCAR, Universidad Nacional de Colombia sede Manizales. (2012).  Gestión Integral del recurso hídrico en la cuenca hidrográfica del río Chinchiná. Informe de avance No. 1. 2012, Documento sin publicar.

Acosta Israel, Muñoz Jorge (2005) Proyecto Forestal para la Cuenca del Río Chinchiná Departamento de Caldas. Estudio de caso No 1. Colombia. Procuenca.

Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la agricultura (1998). Mountain Agenda.  Mountains of the world. Watertowers  for the 21st century. Berna, Suiza, Universidad de Berna.

Dourojeanni Axel; Jouravlev Andrei. (1999) Gestión de cuencas y ríos vinculados con centros urbanos. Comisión Económica para América Latina y el Caribe CEPAL.


[1] Biblia Latinoamericana Católica

La resignificación del territorio como una posibilidad de construir identidad

Por: Edwin Eliecer Casanova Ortiz
Estudiante de la Maestría en Medio Ambiente y Desarrollo

Tierra - Naturaleza. Fuente: Edwin Casanova, 2013

Tierra – Naturaleza. Fuente: Edwin Casanova, 2013

El territorio es en la medida en que le damos sentido, es la apropiación que hacemos de un lugar, de un espacio, es la relación que establecemos con su ecosistema, la forma de habitar, las  sinergias que conforman nuestra vida y que a su vez generan  marcas y huellas  que plasman la historia  y la cultura  de un territorio. Al decir de Noguera (2004: 143) “Estas marcas y huellas, que son presencia de lo que ya no es y ausencia de lo que será, son el potencial ético-estético-ambiental de la vida urbana porque allí se estructuran los valores como prácticas que permiten la permanencia de las cosas en el mundo de la vida.  Dichas relaciones son entonces las que configuran el territorio, porque en el momento en que no podamos establecerlas se pierde la pertenencia a un lugar. Al respecto confirma Bozzano (2009:81) “ […] un territorio no es sólo un barrio, una ciudad, una región o un país, sino un barrio y su vida en alguien, un país y su vida en miles o millones de actores que se apropian, lo ocupan, lo usan, lo valorizan, lo explotan, lo degradan, lo preservan, lo resignifican cada vez”.

Teniendo en cuenta lo anterior, podemos decir que el territorio para el hombre está en una medida de la simbiosis entre lo tangible y lo intangible, ya que este se establece mediante relaciones objetivas y subjetivas entre él y el espacio.

En este sentido es necesario e importante abordar el estudio de los territorios  de una forma holística que nos permita entender que se hace parte  de un todo, de una  casa común: el planeta. Esta  capacidad de reconocer el  gran lugar nos permitirá hablar de responsabilidades que son importantes en la medida en que nacen de la gestión del territorio porque se vuelven responsabilidades sociales, territoriales y planetarias. Dichas consideraciones son explicadas por François Vallaeys (2006:3) cuando plantea:

Los desafíos del planeta tierra: problemas ecológicos, riesgos nucleares, miseria persistente, equilibrios geopolíticos inestables, exigencias democráticas de la sociedad civil, etc. obligan a tratar de poner orden en la casa común (oikos), encontrar la ley del hogar (eco-nomía, eco-logía) que preserve el hogar. Y esto es el interés de todos sin excepción.

Será entonces necesario tener un pensamiento que nos permita atender el entramado de la vida en los territorios desde los grandes retos; el ser humano ha sido generador de desafíos al intentar configurar un lugar a la medida de sus deseos, olvidando en ciertos momentos la lógica de  los limites y los puntos de no retorno, los cuales cobran una importancia vital porque al poder reconocerlos se nos permite gestionar relaciones sociales, económicas, ambientales, políticas y culturales  que allanan un camino hacia la “Sostenibilidad de la sociedad humana” concebida como lo propone Vallaeys (2011) “no en el sentido estrecho del “cuidado de la naturaleza”, sino en el sentido amplio de una justicia presente y futura que rechaza que el bienestar de los unos se pague con el malestar de los otros, sean estos últimos la generación presente de los excluidos o las generaciones futuras de los despojados”.

A partir de estas primeras reflexiones, este ensayo se centrará en generar un análisis de dos (2) elementos  que se consideran claves para entender la dinámica  de un territorio en el cual se reconocen las influencias de  los diferentes actores y la configuración de estos en el proceso de enrutamiento al  camino de  la sostenibilidad; ellos son la desigualdad y la generación de una cultura territorial.

La sostenibilidad como parte de una cultura territorial.

La sostenibilidad de un territorio depende del equilibrio con que se gestionen integralmente  los resultados en tres ámbitos: el económico, el ambiental y el social.  De igual forma es importante concertar el desarrollo de una cultura política  que permee una verdadera construcción democrática como lo afirma el Observatorio para la Sostenibilidad (sf: 23):

La democracia, más allá de una forma de organización política, es el valor fundamental que proporciona al ser humano la capacidad de regir su destino individual y colectivamente. La participación democrática conlleva la integración de todos los componentes que conforman el cuerpo social, descansando la legitimidad del proceso, en gran medida, en las posibilidades que la sociedad civil tiene de expresar su voluntad a través de los diferentes canales de participación disponibles.

Dicha cultura solo podrá ser consolidada a través de políticas públicas que signifiquen beneficios reales para la población de un territorio y su ecosistema, en términos de procesos organizacionales sistemáticos, libres de enfoques relacionados con la caridad y el asistencialismo. Estos últimos contribuyen a la dormitación de capacidades necesarias para la negociación de una apuesta con actores estratégicos que permitan dialogar acerca de una cultura para la sostenibilidad territorial. Así lo explica la Unesco (1996) en el informe Nuestra Diversidad Creativa:

[…] es inútil hablar de la cultura y el desarrollo como si fueran dos cosas separadas, cuando en realidad el desarrollo y la economía son elementos de la cultura de un pueblo. La cultura no es pues un instrumento del progreso material: es el fin y el objetivo del desarrollo, entendido en el sentido de realización de la existencia humana en todas sus formas y en toda su plenitud.” 

Podemos afirmar entonces que la sostenibilidad territorial  es necesaria en un proceso de  resignificación del concepto de identidad, pues debido al logro de esta se generan espacios sinérgicos (Culturales, económicos, sociales y ambientales) que permiten un desarrollo endógeno[1] e integral  como un primer paso hacia la consolidación de la sostenibilidad territorial, primero de las regiones  y luego del país.

La desigualdad en Latinoamérica y la apuesta de desarrollo territorial.

La historia latinoamericana es un relato acerca de la perdida de nuestra disposición a generar  un territorio para todos (incluyente e igualitario), hecho que se    fundamenta en el desconocimiento de una cultura ancestral  y autóctona que estaba permeada de elementos que configuraron en sus albores matices más cercanos a la sostenibilidad, como son la seguridad alimentaria y el cuidado del medio ambiente. Hoy se han convertido en los grandes retos de la humanidad, pero al parecer, en la lógica de un sistema capitalista sordo y perverso no tendrán respuesta aun en mucho tiempo. El inicio de  esta avanzada  se da luego de la colonización (1492) donde se nos impone toda una serie de normas que regularon la forma de vivir y que se centraron en la eliminación de todos aquellos elementos que configuraban el arraigo con nuestro territorio y la cosmovisión de los habitantes del continente  que luego se llamaría América. En general este proceso de desarraigo lo podemos vislumbrar  en  canciones como la  de Gabino Palomares: La maldición de Malinche (1975):

“Del mar los vieron llegar
mis hermanos emplumados
eran los hombres barbados
de la profecía esperada
oyó la voz del monarca
de que el dios había llegado
y les abrimos las puertas
por temor a lo ignorado (…..)
(….) en ese error entregamos
la grandeza del pasado
y en ese error nos quedamos 300 años esclavos (…)”.
 

Latinoamérica sometida aprendió a vivir entonces como le dijeron que debía hacerlo, y nuestros planes  de vida se configuraron en el sueño de alcanzar los ideales  de vida de otro territorio (Europa). Esto de alguna forma nos llevó a generar cargas que tuvieron sus impactos en los aspectos sociales, ambientales y por supuesto económicos; la desigualdad como  uno de los más graves.

Luego en el siglo XX, lineamientos como los emitidos en la llamada “Revolución Verde” y el “Consenso de Washington” continuaron el ahondamiento de las heridas generadas por los  problemas sociales, económicos y  ambientales que configuraron más aun el camino de la desigualdad, la inequidad y la pérdida de la dignidad en bastas zonas de nuestro territorio. En el primer caso se promovió durante los años 1940-1970 el monocultivo y la aplicación de grandes cantidades de agua, fertilizantes y plaguicidas a  la producción, con graves consecuencias ambientales. En el segundo, se trazaron una serie de políticas económicas para impulsar el crecimiento, impuestas por los organismos financieros internacionales con sede en Washington, sin consideraciones sobre la calidad de vida de las poblaciones.

Con estos antecedentes  es entendible el por qué hoy se hace mucho  más difícil llegar a un consenso de lo que se necesita en nuestra Nación y en  las  regiones para avanzar hacia la construcción de un territorio sostenible que promueva la equidad, la igualdad y reconfigure  el concepto del buen vivir para nuestros ciudadanos.

En este sentido, lo primero que se debe lograr es un equilibrio entre las relaciones y oportunidades que existen entre las sociedades urbanas y las sociedades rurales. Obviamente este equilibrio debe partir de un principio de equidad en donde se reconozca la diferencia pero que permita establecer una meta compartida para la cual se adjudicará con justicia lo que le corresponde a cada quien para el logro de la meta general planteada.  A partir de esta actividad podemos comenzar a resignificar el territorio amparados en el concepto de “Responsabilidad Social Territorial” (RST) explicado por el Grupo de Consultoría Estratégica Alquimia (2012):

La RST, es una efectiva estrategia de desarrollo integral, inclusiva y sostenible que permite hacer un proyecto de territorio, que involucra y moviliza a todas las partes interesadas en su desarrollo, en un proceso de cambio caracterizado por la integración equilibrada de múltiples iniciativas y dimensiones (económicas, sociales, culturales, medioambientales, etc.), junto con la corresponsabilidad de todas las partes afectadas.

De esta forma es posible plantear un método en donde se construya el espacio para la toma de decisiones  éticas permeadas de transparencia e iniciativas que se amparen en primer lugar en un verdadero compromiso incluyente de los sectores estratégicos; dichos sectores deben ser identificados con el nuevo enfoque  que propone las sostenibilidad territorial en un mapa estratégico de grupos de interés o portadores de retos, como lo menciona Francois Vallaeys (2012) en su conferencia “La ética en 3D: un nuevo concepto basado en virtud, justicia y sostenibilidad”, manifestando, por ejemplo, el compromiso con iniciativas como los Objetivos de Desarrollo del Milenio y los Principios del Pacto Global que obviamente deberán ser adaptados a las particularidades del territorio, pero de entrada son un primer paso.

El segundo paso estará en que podamos configurar un diagnóstico que nos hable de percepciones, intenciones, resultados y expectativas del territorio como lo muestra el Gráfico 1, pues a partir de este se facilitarán puntos de encuentro  que son realmente importantes a la hora de resignificar el territorio. Posteriormente será importante  que se construyan planes de gestión que deben ser una síntesis de un análisis de temas relevantes y puntos de encuentro identificados en el diagnóstico; dichos planes deberán ser sometidos  a un estudio de corresponsabilidad realizado con los grupos  estratégicos de interés antes de ser publicados y ejecutados.

 Gráfico 1. Puntos de encuentros para un análisis inicial de un territorio[3]

Fuente: Elaboración propia a partir del Esquema 6. Punto de intersección de la responsabilidad social universitaria. VALLAEYS, F. (2009).  Manual de primeros pasos en Responsabilidad Social Universitaria. México D.F.

Fuente: Elaboración propia a partir del Esquema 6. Punto de intersección de la responsabilidad social universitaria. VALLAEYS, F. (2009). Manual de primeros pasos en Responsabilidad Social Universitaria. México D.F.

Como proceso final de  responsabilidad social territorial debe generarse el balance de sostenibilidad territorial, el cual es un documento de reporte de logros, pero también de fallos y compromisos por ejecutar, siempre con un enfoque propositivo, de reflexión  y de mejora continua que permita reconocer alternativas de abordaje continuo de las nuevas relaciones que se generan en el territorio socialmente responsable.

A modo de epilogo:

Para resignificar  un territorio se hace necesario partir del entendimiento de este, como nuestra “Casa Común” la que nos afecta a todos; de aquí en adelante se deberá realizar una búsqueda tendiente a crear una cultura territorial equilibrada entre las actividades humanas y las ecosistemicas.

Un proyecto de territorio socialmente responsable permitirá reconocer  los limites y los puntos de no retorno, necesarios para la gestión sostenible del mismo.

La Sostenibilidad territorial  es un fin construido a partir de procesos de responsabilidad social territorial.

Bibliografía y Webgrafía:

Agruco. (2008). Desarrollo Endógeno. Revista compas (Nº 13). Disponible en http://www.agruco.org/compas/pdf/COMPAS%2013.pdf . (23 de octubre de 2013)

Bozzano, Horacio (2009). Territorios posibles. Procesos, lugares y actores. Ediciones Lumiere. Argentina.

Grupo De Consultoría Estratégica Alquimia. (2012). Guía para la incorporación de la Responsabilidad Social Territorial en las políticas de empleo a nivel local. España: Universidad de Valencia.

Observatorio De La Sostebilidad En España, (sf). Patrimonio Natural, Cultural Y Paisajístico Claves Para La Sostenibilidad Territorial. Disponible en: http://www.upv.es/contenidos/CAMUNISO/info/U0556177.pdf. Consultado el 26 de octubre de 2013

UNESCO (1996). Nuestra Diversidad Creativa. informe de la comisión mundial de cultura y desarrollo, Paris..

NOGUERA DE ECHEVERRY, A. P. (2004). El Reencantamiento del Mundo. Colombia: PNUMA – Oficina Regional para América Latina y el Caribe.

VALLAEYS, F. (2006). La Responsabilidad Social de las Organizaciones. Disponible en: http://blog.pucp.edu.pe/media/410/20061011-La%20Responsabilidad%20Social%20de%20las%20organizaciones.pdf. Consultado el 25 de octubre de 2013

VALLAEYS, F. (2009).  Manual de primeros pasos en Responsabilidad Social Universitaria. Ed. Mc Graw Hill, México D.F.

VALLAEYS, F. (2011). Resumen de la tesis de doctorado “Los fundamentos éticos de la responsabilidad social”. Disponible en: http://www.reddolac.org/profiles/blogs/los-fundamentos-eticos-de-la-responsabilidad-social-resumen-de-te. Consultado el 25 de octubre de 2013


[1] El desarrollo endógeno se basa en los criterios para el desarrollo específicos de los pueblos locales y considera su bienestar material, social y espiritual. Agruco. (2008). Desarrollo Endógeno, Revista compas (Nº 13), Extraído el 23 de octubre de 2013, de http://www.agruco.org/compas/pdf/COMPAS%2013.pdf

El territorio desde una perspectiva compleja. Caso Región Pacífico

Un país mata, otro se muere y otro mira expectante.
El cuarto huye de la violencia y protesta en busca
de reconocimiento social. (…) Son un problema para el gobierno,
una incomodidad para el resto de la sociedad,
un escudo humano para los actores armados,
un indicador de la degradación de la guerra (…)
Son desplazados porque no participaron en la guerra,
y por no hacerlo son sus principales víctimas.
(Rodolfo Prada Penagos y Álvaro Ortiz Ramos)
Puerto y urbanización popular en Buenaventura. Foto: Nidia Playonero

Puerto y urbanización popular en Buenaventura. Foto: Nidia Playonero

Por: Nidia Playonero Caicedo
Socióloga, estudiante de la Maestría en Medio Ambiente y Desarrollo, Universidad Nacional de Colombia.

Al realizar un ligero paneo por la historia del poblamiento de las comunidades negras del pacifico colombiano  con respeto a lo que ha sido el desarraigo, la desterritorialización y los desplazamientos;  y además, si a eso se le agrega el contexto de masacres, desapariciones y barbarie, nos encontramos con un panorama nada alentador.  Uno de los ejemplos que podríamos tener en cuenta cuando nos referimos al tema del desarraigo tiene que ver con el proceso de expatriación de africanos a las Américas y luego a la Isla Cascajal, para ser esclavizados en los yacimientos mineros.

Uno de los tantos hechos de violencia en nuestro país nos remonta a los años cuarenta y cincuenta, el cual se denominó la guerra bipartidista, en la que hubo desapariciones, masacres, torturas y desplazamiento de la población. La región del Pacifico no estuvo exenta a ese fenómeno, si bien no existen una información clara sobre estos hechos debido a que las oleadas migratorias empezaron a registrarse y/o hacerse visible en el año 97. Aun así, se cuenta con los relatos de los ancestros, quienes manifiestan que el poblamiento del casco urbano de Buenaventura se realizó en gran parte por los desplazamientos en esa época de la zona rural a la urbana. Luego cuando se pensó que ya llegaba el fin de la violencia, aparece una nueva dinámica de barbarie, la cual se da a través del surgimiento de grupos armados ilegales en busca del dominio y control territorial en beneficio del narcotráfico.

Una vez los afrodescendientes logran salir del yugo y sometimiento de los españoles y consiguen establecer una relación con el territorio, nuevamente se instaura  a finales del siglo XX la  dinámica de la guerra en la región Pacífica, la cual tiene que ver con la transformación económica del país,  en la que se da paso a la mercantilización de la naturaleza.

Tal como lo señala, Rosero (2002:549), Escobar (2004:58) y Oslender (2004:35) el desplazamiento en la región del pacifico colombiano es producto de la mercantilización, es decir, la implementación desde finales del siglo XX de una idea de desarrollo  en la que el pacifico ha sido mirado como polo de riqueza nacional e internacional. De esta manera, en los territorios de la región pacifica se aplica una demarcación de la “geografía de terror, debido a las masacres, asesinatos, desapariciones etc., que obligan a la población afrodescendiente al desarraigo y a la desterritorialización.

Otros ejemplos de desplazamientos que referencian los autores por causa de la idea de desarrollo son los de la palma africana, la caña de azúcar y el monocultivo de banano en el Darién (Uraba). Todos estos hechos han desatado oleadas de violencia y terror que terminan desplazando a la población civil. A esto es lo que un líder afro descendiente, Naka Mandinga, denomina la “desgracia de la buena  suerte”. Ahora aquellos territorios que antes no eran de importancia tienen nuevos amigos, los particulares y/o capitalistas y el Estado.

Con todo lo señalado anteriormente se evidencia que así como la región es incorporada como polo de desarrollo, el territorio dejó de ser aquel lugar selvático de clima húmedo-tropical para adquirir una importancia económica y política en la que el Estado realiza su ejercicio como autoridad suprema. Sin embargo, para seguir en el análisis de lo que ha sido el cambio en las transformaciones sociales, es necesario definir el concepto de territorio.  Si bien el término ha sido abordado desde diferentes disciplinas, en esta ocasión tomaremos como referente la perspectiva filosófica porque permite interpretar aquellas relaciones entre los seres humanos y la naturaleza.

De acuerdo con lo planteado por Ana Patricia Noguera (2004:117,118).

Los territorios son las manifestaciones o expresiones de la relación inseparable y continuamente cambiante entre la especie humana y la tierra. Dicho de otra manera, los territorios son, en el momento en que significa algo para alguien, es decir, en el momento en que un grupo social, una “comunidad” o un grupo de intereses comunes, escribe sobre la tierra sus formas de morar

El territorio se convierte ahora en una gran tensión social, por las diferentes visiones e interpretaciones entre los diferentes actores sociales en un determinado espacio geográfico. Retomando un poco lo relacionado con los desplazamientos generados por la mercantilización de la naturaleza en la zona rural, las comunidades llegan a los centros urbanos más cercanos, donde ciudades como Cali, Medellín y Buenaventura se vuelven una alternativa de vida, sin embargo, parece que la situación de violencia, de descomposición del tejido social, cambios culturales y económicos, los persiguen.

Buenaventura, es conocido como el primer Puerto Marítimo de Colombia, por donde entra y sale la mercancía de todo el país. La posición privilegiada con que hoy cuenta el Puerto del Océano Pacifico, ha generado grandes transformaciones en aras de vincular a Buenaventura como uno de los puertos de mayor participación en el comercio exterior a nivel nacional. De acuerdo a lo señalado por el documento Conpes N° 3342 (2005: 11-13) la perspectiva  que se tiene es llevar a cabo una serie de estrategias que le permitan al puerto su modernización y expansión para volverlo más competitivo en el mercado nacional e internacional. En este sentido, el crecimiento económico beneficia los empresarios, sin evidenciarse mejora en los grandes problemas sociales en los que se sumerge la población en general.

No obstante, el incipiente desarrollo social se debe según el Conpes N° 3410 (2006: 5-13) a “La falta de gobernabilidad y la débil planeación y gestión del territorio”, según este documento, tales situaciones “han dejado como resultado el deterioro del medio ambiente, la fragmentación urbana, un espacio público insipiente y desordenado y la generación o profundización de condiciones de vulnerabilidad frente a la ocurrencia de eventos naturales”. Sin embargo, pese a los esfuerzos planteados en el Conpes N° 3491 de 2007 denominado “Estado comunitario: desarrollo para todos”, el cual tiene como propósito remediar  y/o atender todas estas problemáticas de tipo social, cultural y ambiental que enfrentan las comunidades en sus territorios, no se han evidenciado respuestas positivas por parte de los dirigentes políticos, en aras de subsanar cada una de las variables antes mencionadas, por el contrario, las afectaciones se agudizan cada día más.

Ahora la disputa del territorio viene por cuenta de unas lógicas de mercado distintas y está relacionada con la expansión portuaria. Buenaventura está convertida hoy en una “Ciudad de la excepción[1]” en la que se da vía libre a la realización de los megaproyectos, donde es de poco interés para el Estado el cumplimiento de los acuerdos y tratados de protección étnico-territorial. Caso concreto de la situación antes descrita es la que están viviendo habitantes de la comuna 5 del Municipio de Buenaventura, por la construcción del Terminal de Contenedores de Buenaventura- TCBUEN. Allí se evidencia una clara violación del  marco normativo étnico-territorial por cuanto se problematiza la permanencia de las comunidades negándoles el uso y significado del territorio como símbolos de  un sentido de vida para la población, una historia en común y unas costumbres. Por el contrario, se avanza en la  fragmentación del tejido social, la descomposición de sus formas de organización social, además de los incalculables daños ambientales, entre otros.

Finalmente, el territorio va adquiriendo  unas transformaciones dependiendo de las exigencias del mundo globalizado y a su vez se configuran relaciones de poder  dependiendo de la época  en la que se encuentre. En el territorio, las relaciones sociales van cambiando ese sentir de la vida con la naturaleza porque el sistema  capitalista impone una idea de desarrollo que cuenta con una perspectiva diferente a como lo planean las comunidades.

BIBLIOGRAFIA

Acebedo Restrepo, Luis Fernando. (22-24 de agosto de 2013). Del derecho a la ciudad a la justicia espacial. Indignación y resistencia contra los macroproyectos urbanos como negación de la función social del urbanismo. Ponencia presentada al V Congreso Internacional Derecho y Sociedad. Por un pensamiento crítico latinoamericano. Universidad de Manizales. Sin publicar.

Aprile-Gniset, Jacques. (2002) Génesis de Buenaventura: memorias del cascajal, Universidad del Pacifico.

Departamento Nacional de Planeación – DNP. (2005). “Plan de expansión portuaria 2005-2006: Estrategias para la competitividad del sector portuario”, en Documento CONPES, núm. 3342, Bogotá, marzo.

Departamento Nacional de Planeación – DNP. (2006). “Política de Estado para Mejorar las Condiciones de Vida de la Población de Buenaventura”, en Documento CONPES, núm. 3410, Bogotá, febrero.

http://memoriaydignidad.org/memoriaydignidad/images/pacifico/documentos-relacionados-pacifico-2/6-Documento-Conpes-3491.pdf

Llanos, Luis. El Concepto del Territorio y las Investigaciones en las Ciencias Sociales. Disponible en: http://www.colpos.mx/asyd/volumen7/numero3/asd-10-001.pdf

Mosquera, Claudia, Pardo Mauricio y Hoffman Odile.2002. Afrodescendientes en las América: Trayectorias Sociales e Identitarias. Universidad Nacional de Colombia. Pg. 361

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Schneider, Sergio y Peyré Iván. Territorio y Enfoque Territorial. Disponible en: http://www.ufrgs.br/pgdr/arquivos/462.pdf


[1] Para Acebedo (2013) las ciudades de excepción tienen que ver con “un cuerpo normativo especial para desarrollar Grandes Proyectos Urbanos en condiciones de excepcionalidad, es decir, como norma de superior jerarquía que se impone frente a las leyes de ordenamiento territorial municipal bajo el  argumento de hacer confluir alianzas público-privadas, aplicar celeridad al desarrollo urbano, justificar mecanismos de expropiación por la vía administrativa, implementación de políticas y exenciones fiscales, licenciamiento ambiental de emergencia, disposición de tierras de uso público para fines o aprovechamientos privados, entre otros. Todo ello en nombre del interés general”.

El territorio de las comunidades negras[1] del sector de la Isla de Buenaventura, Región del Pacífico, Colombia

Por: Nayive García.
Socióloga, estudiante Maestría en Medio Ambiente y Desarrollo

Imagen del barrio "La Playita", sector de la Isla de Buenaventura. 19 de septiembre de 2013.  Fuente: Nayive García Ramirez

Imagen del barrio “La Playita”, sector de la Isla de Buenaventura. 19 de septiembre de 2013. Fuente: Nayive García Ramirez

El presente documento es una aproximación a las relaciones que se han tejido entre el territorio y los habitantes de las zonas cercanas al mar del sector de la Isla de Buenaventura[2] municipio que hace parte de la Región del Pacífico[3] colombiano. Estas relaciones han tenido unas rupturas a partir las nuevas connotaciones que adquiere el territorio desde la mirada de los “otros”. Los relatos de los pobladores que se relacionan en el documento hacen parte de dos videos[4] que se produjeron como una manera de visibilizar la situación de estas comunidades.

Los africanos y africanas que fueron traídos en calidad de esclavos por los españoles, secuestrados, transportados como mercancía, vendidos, deshumanizados, obligados a olvidar sus lenguas, sus creencias y sus culturas en la época de la “colonización” americana. En la búsqueda de la libertad huyeron a la Región del Pacífico[5] convirtiéndola en su hábitat donde se relacionaron con la naturaleza a partir de su cosmovisión. En el sector de la isla de Buenaventura, se ubicaron  personas procedentes de las zonas rurales y de otras zonas del Pacífico colombiano. Construyeron viviendas palafíticas, al mismo tiempo, empezaron un proceso comunitario en la búsqueda de “ganar terrenos al mar”:“esto eraaaa un estero y poco a poco se fuee rellenando con basura” (Policarpa) “…las volquetas traían tierra…” (Benancio) “nosotros veníamos todu esto con las manos de nosotros eso hace 53 año…” (Rosa) “…la gente para poder pasar de una vivienda a otra tenía que ir construyendo puentes” (Noralba).

Estos relatos no solo dan cuenta de la constitución de los barrios sino de una práctica ancestral de las comunidades, la “minga”[6]. Los habitantes reclaman este territorio como propio, en sus palabras, estos son “terrenos ganados al mar[7] que desde el momento en el que transformaron el espacio físico empezaron a interactuar con él convirtiéndolo en su territorio.

Desde la cosmovisión de las Comunidades Negras el territorio es el “espacio para ser”.  Por lo tanto, “no se puede ser Comunidad Negra sin territorio”. Esta concepción del territorio escapa de las lógicas capitalistas que se imponen de manera global y que encuentran resistencia en comunidades que históricamente han creado unas relaciones distintas con su espacio físico. Como lo evidencia Nates, “[…] el territorio, más allá de ser el soporte de prácticas y discursos, es antes que nada el marcador en sí de…los modelos culturales de apropiación que marcan esas vidas, permiten ver que más allá de los universales del territorio (fundar, habitar, categorizar-clasificar y distribuir), su particularidad se encuentra en la dimensión cosmológica que le da sentido”  (2010, pág. 36-37).

Existe una trama de significaciones alrededor del mar: disfrutan de la brisa que viene de él, los habitantes demuestran sus habilidades como nadadores en él, se realizan prácticas culturales como las valsadas y actividades productivas tradicionales para obtener el alimento que consumen:

“…este es nuestro mar que nos criamos, aquí nacieron los niños y nos criamo en nuestro mar comiendo pescao y jaiba, piangua, sangada de todo es que estamos muy amañados acá en nuestro mar tiramo su bara aquí y aquí coge uno su canchimala uno pa come uno” (Policarpa) “Mi profesión de manejar motor… lo que más me gusta por la por la belleza del mar” (Sebastián) “Esto es amañadorsisimo a mí me fascina vivir acá en el Lleras…nosotros tenemos su casa amplia donde regocijanos, donde resssspirarrrr con esta brisa que,  que entra acá por las tardes uno acá vive relajao” (Diana).

Estas prácticas encierran un conocimiento ancestral construido históricamente. Saben leer el lenguaje de la naturaleza, han aprendido a conocer su medio, saben dónde y cuándo pescar, cazar los animales del monte, cortar la madera para construir las viviendas y las canoas de los pescadores. Estas son prácticas tradicionales de la población afrodescendiente. Este saber ancestral se perpetúa en el tiempo a través de la tradición oral y al enseñarlo a las nuevas generaciones. Si bien estas prácticas pueden evidenciarse con mayor claridad en las zonas rurales, no se puede desconocer que las comunidades urbanas aún las conservan.

A partir del Acuerdo No. 03 de 2001[8] estas comunidades son colocadas en la escena pública al considerar que sus asentamientos están ubicados en zonas de amenaza por eventos naturales y con ello se sustenta la necesidad de ser reubicadas: “Entiéndase que las viviendas de bajamar por mejorar serán aquellas que estén exentas de la influencia de tsunami y que las de reubicar son las que tienen pésimas condiciones de construcción y más expuestas a mar abierto o a tsunami”(pág. 6). Es a partir de este documento que el Estado recuperó la “amnesia institucional” y se acordó de una población que por más de 50 años habita en dichas zonas. Asumiendo una postura “proteccionista” a través del CONPES 3476  de 2007 se concreta la ejecución de un Macroproyecto de Interés Social Nacional “Ciudadela San Antonio” para reubicar a esta familias.

Ante la posibilidad de una reubicación el sentir de gran parte de la comunidad se puede recoger en el siguiente relato:

será por las vías de las malas que me puedennnn desubicar de aquí porque de lo contrario yo de aquí de gusto mío yo no no me desubico porque yo sé que se acaba el sustento de mis hijos porque en un lugar fuera de aquí por ejemplo me voy pal continente que voyacer allá yo aquí con mi pesca me sostengo con mi madera me sostengo sostengo mi familia y yo me voy a vivir a un barrio donde yo no tengo un trabajo no tengo que hacer que voy hacer que debo hacer yo allá a vender vicio?” (Sebastián).

La desesperanza pueden ser comprendida en la medida en que estas comunidades han inscrito su historia en este territorio y es que “…los territorios son las manifestaciones o expresiones de la relación inseparable y continuamente cambiante entre la especie humana y la tierra… son, en el momento en que significan algo para alguien, es decir, en el momento en que un grupo social, una ´comunidad´ o un grupo de intereses comunes, escribe sobre la tierra sus formas de morar” (Noguera: 2004, pág.117-118). El territorio hace parte de la existencia, para esta comunidad significa vida. Pero como si la sabiduría de este adulto mayor vislumbrara lo que ocurriría, el territorio empezó a significar muerte, los grupos de intereses empezaron a dejar sus huellas:

cuando inicia el conflicto sobretodo acá en la zona de bajamar en el sector de la Isla barrio Lleras, inicia un proceso donde unos asesinatos selectivos, balaceras todos los días y eso empezó a generar inseguridad empezaron  a asesinar señores que trabajaban la madera luego se construye un aserrío una bodega a gran escala y entonces ya toda la gente tenía, tiene porque todavía existe, va a trabajar la madera ahí mas todo lo que ha ido sucediendo alrededor del tiempo que la gente sale a pescar y no vuelve,  cosas como esas ha ido complicando la situación” (Bárbara).

Los episodios de violencia en el sector de la Isla de Buenaventura coincidieron con una ola de violencia en los barrios con acceso a los esteros y en las zonas rurales de la Costa del Pacífico, Oslender lo ilustra claramente:

Grupos paramilitares vacían los terrenos y los preparan así para la intervención del capital…El uso continuo del terror en una región produce paisajes de miedo. Estos paisajes son visibles, por ejemplo, en las formas en que los agentes del terror dejan huellas —como las casas destruidas y quemadas o graffitis en las paredes— como ‘estampa’ de su presencia y como amenaza constante para los pobladores” (2004: pág. 37, 40 y 41).

Es que en el Acuerdo 003 de 2001 y en el CONPES 3476 de 2007 no solo se contempla la reubicación de las familias sino que para evitar que las zonas “recuperadas” vuelvan a ser ocupadas se proyecta la construcción del “Malecón Bahía de la Cruz”[9]. Los pobladores piensan que esta es la verdadera razón por la que los van a reubicar: “ahora la disculpa es que el gobierno nos va a reubicar disque por maremoto pero a ciencia cierta lo que nosotros sabemos es que aquí lo que quieren es construir más puerto… o sea muelles de contenedores ese es el objetivo primordial de ellos” (José Ángel).

La visión “desarrollista” del Estado y empresarios se impone a las lógicas de apropiación del territorio por parte de las Comunidades Negras, a su ancestralidad, a sus prácticas, a su cosmovisión, a sus maneras de habitar. Las acciones violentas: asesinatos, masacres, carro bombas, no solo dejaron huellas en el territorio sino que “[…] el capital social y simbólico invertido por estas comunidades en sus territorios y organizaciones desde tiempos ancestrales y sobre todo en la última década, está siendo sistemáticamente destruido y desestructurado por las acciones de guerra” (Almario en Restrepo y Rojas, 2004: pág. 21).

Las calles dejaron de ser testigas de los juegos de los niños y niñas para ser testigas de los múltiples asesinatos que en ellas se cometieron; en los manglares no solo quedaron las huellas de las “piangüeras[10]” sino que se convirtieron en cementerios transitorios o permanentes de cuerpos mutilados; los vecinos ya no eran los que venían de los diferentes ríos de Buenaventura y el Pacífico, de la familia tal, pariente de no sé quién; ante la violencia ellos y ellas abandonaron sus casas las cuáles fueron ocupadas por los nuevos habitantes, los que no se ganaban el respeto por ser el anciano poseedor de sabiduría, la partera, el curandero, las rezanderas, los folcloristas, etc., sino porque eran los portadores de las armas, los perpetuadores del terror, de la barbarie.

Las casas ya no permanecían con las puertas abiertas, las personas corriendo ya no significaban juegos como: la lleva, el ponchado, 25, fusilado, sino que eran los pasos acelerados de personas en la carrera por preservar sus vidas. Los gritos dejaron de ser de los padres y madres llamando a los hijos e hijas cuando era hora de volver a la casa para convertirse en los gritos de las personas que clamaban por su vida, suplicando al victimario para que en un acto de piedad le perdonase la vida. Los velorios, dejaron de ser un rito fúnebre donde familiares y amigos entre alabaos despedían sus muertos, muchas familias vivieron el duelo de la pérdida sin ni siquiera tener el cuerpo. Algunos velorios fueron el escenario de asesinatos.

Muchas familias huyeron a otros barrios de la ciudad, generando desplazamiento intraurbanos masivos. Estas son las nuevas marcas, como diría Patricia Noguera[11] “las nuevas escrituras sobre la tierra que se dejan leer” conllevando a rupturas en las maneras de habitar.

Dos cosas deben quedar claras: por un lado, se reconoce que la población no habita en condiciones óptimas, por ello, hablar de un mejoramiento de sus condiciones de vida no es algo que se rechace, al contrario, sería una oportunidad para que el gobierno empiece a pagar una deuda histórica con estas comunidades. Lo que se recalca es que al ser Colombia un país que reconoce la diversidad étnica y cultural[12] todo lo que afecte a las comunidades debe construirse con las comunidades; para ello es la Consulta Previa.

El Macroproyecto de Interés Social Nacional es un proyecto homogenizante para una población que se afirma desde la diferencia, que mantiene una relación campo – poblado que se vería afectada ya que el intercambio que se da en las zonas de “bajamar” con las poblaciones de las zonas rurales no sería posible. Por otro lado, la visión desarrollista del Estado conlleva “…a un proceso de ‘inclusión’ forzada en los moldes del proyecto de modernidad capitalista, en el que la guerra se ha convertido en estrategia para hacer cumplir sus exigencias. Un proyecto que para alcanzar su objetivo debe generar las condiciones para la transformación territorial y cultural de la región” (Escobar: 2004, pág. 20)

Si bien aquí solo se esbozan pinceladas gruesas de un tema álgido, por el momento se quiere evidenciar el proceso de construcción del territorio por parte de las comunidades en la zona de la isla, que empiezan una relación con su territorio desde sus cosmovisiones, desde su ancestralidad y cómo estás relaciones empiezan a ser transformadas por acciones de violencia que están lejos de ser una coincidencia porque llevan explícitamente un interés económico que requiere para sí la apropiación del territorio:

Una cosa sabemos a ciencia cierta y es que a la noción imperante de desarrollo y a quienes la instrumentalizan en su beneficio les importa muy poco qué y cómo atropellan. El desplazamiento forzado interno —entendido como la mayor agresión que sufren los afrodescendientes en los últimos 150 años— no es una cosa aislada, sino un conjunto de acciones sistemáticas, abiertas y deliberadas y, por lo tanto, inscritas y funcionales no sólo a la dinámica de la guerra, sino también a la concepción de desarrollo” (Rosero,  citado por Escobar: 2004, pág. 53).

Hoy en el territorio tienen lugar: las familias que con el apoyo de las ONGs, el PCN y la Parroquia del barrio Lleras, reivindican el derecho al territorio, las familias que están en el proceso de reubicación hacia la Ciudadela San Antonio, y el gobierno con los empresarios movilizando esfuerzos para la construcción del Malecón. Este panorama obliga a colocar aquí un punto seguido más que un punto final, porque de las comunidades, el Macroproyecto y el Malecón, aún queda mucho por decir sobre todo porque “el territorio es la vida y la vida no es posible sin el territorio[13]

Referencias Bibliográficas

Concejo Municipal. Acuerdo No. 03 de 2001, “por el cual se adopta el plan de ordenamiento territorial para el municipio de buenaventura, valle del cauca.”

CONPES 3476 del 9 de julio de 2007, Importancia estratégica de los Macroproyectos de Vivienda de Interés Social en Cali y Buenaventura.

Constitución Política de Colombia de 1991

v  Coordinación Regional del Pacífico colombiano y Parroquia del barrio Lleras, video “Bajamar: reubicación o desalojo” (2010) Recuperado en https://www.youtube.com/watch?v=qHHr6K28X20, 15 de septiembre de 2013.

Coordinación Regional del Pacífico colombiano y Parroquia del barrio Lleras, video “Desalojo inminente” (2010) Recuperado en https://www.youtube.com/watch?v=Ym3lBGx4hMg,  15 de septiembre de 2013.

Escobar, Arturo. 2004. “Desplazamientos, desarrollo y modernidad en el Pacífico colombiano”. En: Conflicto e (in)visibilidad Retos en los estudios de la gente negra en Colombia. Editorial Universidad del Cauca.

Ley 70 de 1993. Por la cual se desarrolla el artículo transitorio 55 de la Constitución Política de Colombia.

Nates Cruz, Beatriz. 2010. Nuevos territorios. En: Revista Anthropos N°227. Barcelona.

Noguera de E, Ana Patricia. 2004. El reencantamiento del mundo. Universidad Nacional de Colombia, PNUMA.

Oslender, Ulrich. 2004. “Geografías del terror y desplazamiento forzado en el pacífico colombiano: conceptualizando el problema y buscando respuestas”. En: Conflicto e (in)visibilidad. Retos en los estudios de la gente negra en Colombia. Editorial Universidad del Cauca.

Restrepo, Eduardo y Rojas Axel. 2004. “Introducción” En: Conflicto e (in)visibilidad Retos en los estudios de la gente negra en Colombia. Editorial Universidad del Cauca.


[1] “Conjunto de familias de ascendencia afrocolombiana que poseen una cultura propia, comparten una historia y tienen sus propias tradiciones y costumbres dentro de la relación campo-poblado, que revelan y conservan conciencia de identidad que las distinguen de otros grupos étnicos”. Ley 70 de 1993, (pág. 2).

[2] Buenaventura se localiza entre el océano Pacífico y la parte izquierda de la cordillera Occidental, sector de los Farallones que marcan el límite con los municipios de Jamundí y Cali. Limita por el norte con el departamento de Chocó, por el oriente con los municipios de Jamundí, Cali, Dagua y Calima, por el sur con el departamento del Cauca y por el occidente con el océano Pacífico.

[3] Si bien Buenaventura es un Municipio del Valle del Cauca, su problemática es mejor entendida al tener como referencia a la Región y no al Departamento.

[4] “Bajamar: reubicación o desalojo” Recuperado en https://www.youtube.com/watch?v=qHHr6K28X20 y “Desalojo inminente” Recuperado en https://www.youtube.com/watch?v=Ym3lBGx4hMg.

[5] Este proceso se conoce como cimarronismo. Para el poblamiento de Buenaventura ver a Aprile Jacques y Mosquera Gilma. 2006. “Aldeas de la costa de Buenaventura”. Cali Colombia. Editorial Universidad del Valle. Aprile Jacques. 2002. “Génesis de Buenaventura. Cali, Colombia. Edita Universidad del Pacífico.

[6] Nombre con el que se denominan las actividades en las que los y las habitantes se unen y trabajan para alcanzar un beneficio ya sea para algunos o para toda la comunidad.

[7] Para el Estado, estas personas están asentadas en “zonas de bajamar” que no pueden ser tituladas ya que le pertenecen a la Nación.

[8] “Por el cual se adopta el Plan de Ordenamiento Territorial para el municipio de Buenaventura, Valle del Cauca”. De acuerdo a los resultados de la Revista Escala a través del concurso Convive VII, el riesgo en el que se encuentran las viviendas es mitigable (pág. 20 y 21).

[9] Desde el POT, “La zona del malecón que se integrará a la estructura urbana como un elemento recreativo (pasivo) y paisajístico. Se dotarán de mobiliario y equipamiento urbano, pág. 78.

[10] Mujeres que recogen de los manglares un molusco conocido denominado piangüa que se encuentra en el manglar.

[11] Intervención de la profesora Patricia Noguera en la asignatura “Pensamiento Ambiental” de la Maestría en Medio Ambiente y Desarrollo el 27 de septiembre de 2013.

[12] Constitución Política de 1991: Art. 7 El Estado reconoce y protege la diversidad étnica y cultural de la Nación colombiana y Art. 8 Es obligación del Estado y de las personas proteger las riquezas culturales y naturales de la Nación.

[13] Consigna de los y las jóvenes en el marco del encuentro “Marcando Territorio” en el mes de diciembre de 2010.

La noción de paisaje, sesgado por un juego de palabras

Por Jeinstom Jensen Gómez 
Arquitecto. Universidad Nacional de Colombia sede Manizales.
Estudiante Maestría en Hábitat. Universidad Nacional de Colombia

El Paisaje Cultural Cafetero ya ha cumplido un año de la declaratoria sustentada por la UNESCO, y deberíamos empezar a considerar los beneficios que ha dejado esta inserción dentro del listado de los paisajes más importantes del mundo; podríamos analizarlo entendiendo un poco la gramática que rodea todo este ámbito de la naturaleza. Por tal motivo nos enfocaremos en la relación de este tipo de hábitat, visto como una instauración didáctica, para propender un desarrollo con sostenibilidad, y la conservación de un patrimonio en la región cafetera como lo es el Paisaje Cultural Cafetero (PPC).

El concepto de Valor, sesgado por la idea básica de Precio.

Cuando hablamos de paisaje, pensamos en algunas ocasiones todo lo que encierra lo natural, lo medio-ambiental, que no nos permite deja ir más allá del significado primordial. Su paráfrasis está condicionada por conceptos económicos que basan sus principios en establecer mecanismos para beneficios comerciales que olvidan el concepto de patrimonio, que pretenciosamente se entiende como lo que es considerado a conservar.

El uso de un nuevo “idioma” o cambio de palabras, ayudarían a reinterpretar los objetivos de la sociedad frente al uso que tenemos de términos enfocados solamente a una realidad económica, por éste motivo según Mitchell (2007, 2009: pág. 90-91) “…nuestro objetivo, el de los que estamos interesados en cómo se generen los paisajes, debe ser entender dichos paisajes como partes sólidas y fundamentales del mundo y también como intérpretes de las relaciones sociales que en él se dan. Los paisajes se crean y se crean en las relaciones sociales y funcionan como parte de la totalidad social.”

¿El paisaje como patrimonio físico o paisaje integral?

El paisaje cultural cafetero lo podemos considerar como parte fundamental del territorio colombiano, que impulsa la economía del país, ¿pero es esto suficiente para el desarrollo de una región?. Deberíamos pensar más a fondo en la huella que deja la relación intrínseca en un paisaje, que esta denotado por un carácter que lo determina y lo aplica a un espacio que llamamos luego “territorio” y lo hacemos propio.

Es necesario pensar en el estudio de las relaciones humanas frente a un paisaje visto como espacio productivo de una manera didáctica para impulsar su valor patrimonial, Hernández (2010: pág. 167-168) nos explica que “El uso del Paisaje Cultural como recurso didáctico nos permite reflexionar sobre la enseñanza de dos de los aspectos fundamentales de las Ciencias Sociales, el Espacio y el Tiempo. Aunque también se puede y se debe emplear para la consecución de contenidos asociados con las Ciencias Naturales – el medio ambiente en que viven las sociedades humanas, la variabilidad de la flora dependiendo del clima imperante, la fauna, …-, favoreciendo con ello aprendizajes interdisciplinares.”.

Las palabras marcan pautas que mal direccionadas pueden ocasionar problemáticas sociales y condicionar al desarrollo de una región, pero es necesario tener claro muchos conceptos que han quedado o están mal interpretados en una región como la del eje cafetero. Según  Ocampo, (2010: pág. 9) “Es evidente la falta de formación sobre el tema del Patrimonio en el marco de la educación ambiental; evidenciándose en la poca participación de las comunidades locales, esto acompañado de la falta de capacitación, comunicación y divulgación para que haya un acceso y manejo adecuado de la información ambiental, lo que repercute en el poco fortalecimiento en la cultura ambiental ciudadana.”. 

Paisaje Cultural cafetero Quimbaya (Quindío). Fuente: Jensen, 2012

Podemos considerar la mixtura que nace de la mezcla de aspectos primordiales en el paisaje cultural cafetero que RAMSAR (2011: pág. 2) expone como “Caracterizados por la integración de las respuestas espirituales, materiales y tecnológicas de los seres humanos a su entorno, los paisajes culturales demuestran la indivisibilidad de la naturaleza y de la cultura.”.

La instauración de nuevos conceptos permitirá la renovación de la noción actual del PPC, frente a su reconocimiento basado en sus aspectos y relaciones de espacio con naturaleza, convertido en territorio, pero que estén sustentados por una identidad de una sociedad como la región cafetera en Colombia. Por esta razón  Vallejo, (2012 pág. 5) nos explica que “El Paisaje Cultural Cafetero (PCC) es una oportunidad y una responsabilidad compartida entre los departamentos que lo conforman y el gobierno nacional. En la reunión realizada, la semana pasada en Chinchiná, con los congresistas, las autoridades departamentales y locales y los gremios del sector privado, el Ministro de Comercio, Industria y Turismo y la Viceministra de Cultura recordaron el gran riesgo que se puede correr, si por falta de acciones, en los territorios de los municipios que componen el PCC, nuestra zona llegase a ser declarada como un paisaje de la humanidad en riesgo”.

Para finalizar, podemos involucrar aspectos que coliguen y sustenten una trama de conceptos abordados a una posible solución, ya que existe una gramática que olvida o utiliza aspectos como la democracia, el patrimonio, el hábitat; y por tal motivo ha condicionado a sus pobladores a un pensamiento cíclico (producto-economía-beneficio) que repercute en los visitantes y en todo el país.

El País necesita un cambio de palabras, para propender un desarrollo basado en Educación y Sustentado en una Cultura.

Bibliografía

Hernandez Carretero, A. M. (2010). El valor del paisaje cultural como estrategia didáctica. Tejuelo, nº9 (2010), págs. 162-178. El valor del paisaje cultural como estrategia didáctica, 167-168.

Mitchell, D. (2007, 2009). Muerte entre la abundancia: los paisajes como sistemas de reproducción social. En J. Nogué (ed.), La construcción social del paisaje (págs. 90-91). Madrid (España): Biblioteca Nueva.

Ocampo Restrepo, M. M. (2010). Lineamientos estratégicos para la gestión cultural ambiental como aporte al plan decenal de Educación ambiental de Risaralda y al plan de manejo del proyecto paisaje cultural cafetero colombiano. Pereira (Risaralda). Pág. 9.

RAMSAR, O. d. (12 de Diciembre de 2011). RAMSAR. Convención sobre los humedales. Recuperado el 19 de agosto de 2012. Disponible en: http://www.ramsar.org/pdf/info/cultural_heritage_s07.pdf

Vallejo De la Pava, A. (Domingo 06 de Mayo de 2012). Recuperado el 19 de Agosto de 2012, Paisaje Cultural Cafetero. En: http://adrianavallejo.blogspot.com/

Reflexiones ante la sostenibilidad del PCC posterior a la inclusión en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO

Mercedes Cristina León Calderón.

Estudiante Maestría en Hábitat.
UNC Sede Manizales.

Con la realización del Taller Internacional Estudios del Paisaje: Paisajes Culturales Productivos llevado a cabo en el Eje Cafetero (Colombia) del 30 de julio al 4 de agosto de 2012, se establece un punto de partida para analizar las diferentes implicaciones generadas por la inclusión del Paisaje Cultural Cafetero de Colombia en la lista de Patrimonio Mundial de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura –UNESCO–.

A nivel general, a lo largo de la historia de Colombia, el café ha sido uno de los determinantes en el desarrollo geopolítico del país, desde los comienzos en los sembradíos a finales del siglo XIX y la expansión de los cultivos a lo largo de la región andina, de la mano de los procesos de colonización (Estrada, 2011, p. 282), pasando por las manos de los pequeños productores, hasta su consolidación como producto protagonista de la economía nacional.—

Lo anterior ha llevado a que el café no sólo deje huella a nivel económico, sino en una diversidad de ambientes entre los que se puede contar incluso los cambios en el territorio, es decir, en el paisaje, la sociedad y su cultura, como se muestra más adelante. A partir de las relaciones entre el café y estos factores, se realiza una reflexión acerca del Paisaje Cultural Cafetero –PCC–, particularmente en lo relacionado con su sostenibilidad. Entendida esta última de manera holística y en el sentido de que este pueda mantenerse o sostenerse por sí mismo.

Café y  Paisaje

Cuando se habla de ‘paisaje’, se debe comenzar por dar una definición clara del mismo. Según la Real Academia de la Lengua Española –RAE– (2001), paisaje significa “extensión de terreno que se ve desde un sitio”. Según se considera, aquí está la clave de la sostenibilidad, porque para poder llegar a ver ese paisaje, no se puede pasar por encima de las características ambientales propias que lo determinan como ecosistema cafetero. Este es el punto crítico, es decir, donde se deben centrar las políticas y medidas que garanticen la sostenibilidad del mismo.

Si se habla de los requerimientos climáticos que tiene el cafeto (Coffea Arabica), hay que considerar que originalmente este viene de zonas que tienen altitud entre 1600 y 2000 metros, con temperaturas en un rango que va de 18 a 22°C. Su consumo de agua es de 125 mm/mes (Jaramillo, 2005, p. 150). Con respecto a esto se advierte una gran falla, ya que no se han considerado unos planes de ordenamiento del territorio cafetero que actúen como un instrumento que dé las pautas que permitan dar una disposición ambiental y estratégica a los cultivos, de tal manera que sean ubicados en terrenos con condiciones optimas para su desarrollo. Lo anterior basado en casos como el de Aerocafé, dispuesto en una zona en la que se deben replantear los procesos agrícolas y productivos basados en el impacto que tendrán los ecosistemas (Duque, 2009, p.3).

Franjas de Cultivos. Chinchiná. La Esmeralda. Fuente: León, 2012.

De esta forma se puede evitar que, por ejemplo, se construya en terrenos que tengan suelos para el sembrado del cafeto o, en sentido opuesto, que se cultive en zonas donde el suelo no tiene la calidad de nutrientes para obtener un buen fruto, suelos no pocas veces más aptos para la construcción. Así mismo, tales pautas pueden tener en consideración también la tala de árboles, ya que se ha comprobado que el sombrío es de alta influencia en la plantación (Botero, 2012).

Cafetal sin sombrío. Manizales. Vereda la Trinidad. Fuente: León, 2012.

En algunos de los casos expuestos, se deben implementar penalidades pedagógicas a los que no cumplan con estas pautas, de tal forma que se asegure un desarrollo de café de calidad, desde su cultivo, además de su producto, como lo es en la actualidad (Ponte, 2003, p. 131).

En consecuencia, surge una preocupación en cuanto a la carencia de una propuesta concisa que considere normativas ambientales que sean lo suficientemente fuertes y solidas en su implementación, para que ayuden en la conservación ambiental del entorno cafetero.

Café y  Sociedad

A través del tiempo, la influencia de los cultivos de café en la sociedad ha tenido fluctuaciones basadas en la productividad y los precios del grano, dándole de esta manera el impulso económico para el desarrollo de un territorio. Existen casos de poblados en los que el café fue el motor agrícola del progreso, a pasar a ser poblaciones que se encuentran estancadas desde un punto de vista económico en la actualidad. Es el caso de municipios como el Líbano, en el Departamento del Tolima, que fue directamente beneficiado por la llegada de la bonanza cafetera, pero que en la actualidad se encuentra estancado en cuanto al desarrollo y la infraestructura urbana, construida desde esa época. (Millán y Rodríguez. 2004, p.31)

Este comportamiento se ve plasmado en las transformaciones que tiene cada una de las poblaciones, caso que es muy recurrente, al observar algunos poblados en el Eje Cafetero y Norte del Valle, pues es posible ver que tienen edificios y elementos de infraestructura urbana que no han tenido cambios desde mediados del siglo XX (Valencia, 1996, p. 281); época en la que hubo un boom en la productividad, en el precio y en la cantidad de exportaciones; por lo cual, además de los beneficios directos hacia los productores, también las instituciones gubernamentales municipales recibieron regalías del Estado, de tal manera que se construyeron obras para equipamiento urbano. Sin embargo, años después, en el momento en que los precios cambiaron, todo este impulso fue frenado. De allí que se encuentren actualmente poblaciones que tienen, por ejemplo, grandes colegios, hospitales e incluso centros deportivos, de la mano de toda la infraestructura para la comercialización del café (trilladoras, bodegas, etc.) y la presencia de instituciones como la Federación Nacional de cafeteros, Comité de Cafeteros, Almacafé, entre otros; pero que ya no reciben la cantidad de producción necesaria para aprovechar al máximo este tipo de infraestructura o, en algunos casos, para soportar la demanda en el mercado.

Esto último, pone una reflexión sobre la mesa, a saber: ante el proceder de las instituciones, aunque dieron un bienestar a la sociedad, no alcanzaron a generar un plan integral que impulsara ese motor, dejándolo depender casi de las implicaciones económicas que conllevaba la producción cafetera, es decir, aunque hubo unos planes de acción social que incluyeron los diferentes actores implicados en el proceso cafetero, no fueron suficientemente potentes, de tal forma que tuviesen un impacto real en la conciencia de los futuros caficultores, a diferencia de los primeros cultivadores que lo hacían con convicción (Nieto, 1949: p. 66).

Café y  Cultura

La relación entre café y cultura, particularmente importante en este pequeño texto, no sólo hay que mirarlo desde el icono que quieren vender a la sociedad, es decir, no es sólo la imagen de Juan Valdez, sino a través de ese telón de fondo que constituyen los actores que se ven implicados en el proceso, por su participación cultural en la construcción del paisaje, es decir, en la forma en que generan su propia identidad, a partir de todas sus interacciones, considerando sus vivencias, costumbres, vestimenta, hábitat y arquitectura, entre otros.

Así, a continuación de establecer la valoración señalada, es preciso realizar campañas que permitan la introducción de procesos educativos, de tal manera que las nuevas generaciones y las ya existentes, ayuden a preservar el patrimonio, su propio entorno, con el fin de que lleguen a valorar su propio quehacer, pues esto permitiría que actualmente los hijos de esos caficultores, de los comercializadores e incluso de los exportadores, valoraran sus territorios y quisieran seguir cultivando, comercializando y exportando, con sentido de pertenencia del producto. Cuestión contraria a la realidad que se presenta hoy en día, es decir: la migración cultural: por ejemplo, el hijo del caficultor que busca ir hacia la ciudad o el hijo del exportador, a falta de interés, va en busca de otros países y otros mercados muy distantes al ámbito que había sido primordial para sus padres.

En Vías a la Sostenibilidad del PCC

Recogiendo los tres aspectos enunciados: café y paisaje, café y sociedad, y café y cultura, se procede entonces a analizarlos de manera integrada. Tal como lo asegura Ojeda (2012):

hay que considerar también que el paisaje está compuesto por una serie de realidades complejas en las que convergen: elementos naturales, ordenados históricamente en un territorio determinado, representados o simbolizados por la sociedad.

En el momento en que se tiene esta visión holística, es cuando instituciones gubernamentales y académicas pueden trabajar en pro de ese producto, creando programas o planes que permitan trabajar mancomunadamente la conservación y gestión del paisaje, como parte de un sistema de piezas ensambladas de tal forma  que pueda llegar a ser sostenible por sí mismo.

Para finalizar, además de realizar las reflexiones sobre el tema, son múltiples los retos que quedan ante la inclusión del Paisaje Cultural Cafetero en la Lista del Patrimonio Mundial, ya que a largo plazo,  puede llegar a verse desde una utilidad turística, más que hacia una verdadera preocupación, que permita generar un plan integral del manejo del paisaje y la cultura cafetera ante la práctica real de la labor cotidiana de los caficultores y, con esto, llegar a ser un beneficio directo para la sostenibilidad del mismo.

REFERENCIAS

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Millán, G. Rodríguez, L .(2004). Valoración e intervención del centro tradicional del Líbano Tolima. Tesis para optar al título de arquitecta. Universidad Nacional de Colombia – Sede Manizales.

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Ponte, S. (2003). Normas, Comercio y Equidad: Lecciones de la Industria de los cafés especiales. Revista ensayos sobre economía cafetera, 16, 19, p. 131-140.

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Valencia, A. (1996). Vida Cotidiana y desarrollo regional en la colonización Antioqueña. Colombia, Manizales: Centro Editorial Universidad de Caldas.

El Paisaje Cultural Cafetero

Por: Gonzalo Duque Escobar

Al cumplirse un año de la decisión de la Unesco, veamos los retos para que las transformaciones pasadas y futuras restauraciones del Paisaje Cultural Cafetero, proporcionen un medio ecológicamente sólido compatible con nuestra cultura, dado que su declaratoria como Patrimonio de la Humanidad nos obliga a implementar acciones institucionales concertadas con visión de futuro, para mitigar las amenazas naturales y antrópicas que ponen en riesgo ese frágil sistema cultural de la ecorregión cafetera colombiana, como herencia propia del pasado con la que nuestra comunidad vive pero que debe preservarse para las generaciones futuras.

Una visión retrospectiva del escenario permite advertir, entre otras, las siguientes dinámicas en el Eje Cafetero: Uno, que los poblados cafeteros se han rur-urbanizado y las capitales cafeteras, conurbado, en un escenario donde urge consolidar áreas metropolitanas y deben complementarse sus economías. Dos, que a partir de los años 70, al igual que la preciosa arquitectura vernácula del bahareque, la economía de las poblaciones cafeteras ha palidecido no solo por el deterioro de los términos de intercambio, sino por las consecuencias demográficas y ambientales de la Revolución Verde, asunto que obliga a una reconversión estructural del modelo productivo. Tres, que ha surgido la amenaza del calentamiento global con sus crecientes consecuencias hidrogeológicas asociadas a eventos climáticos extremos, en medio de unas cuencas deforestadas y de las frágiles laderas tropicales andinas, lugares que reclaman acciones de adaptación al cambio climático y soluciones de fondo a los conflictos de uso del suelo.

En la ponencia “Institucionalidad en el PCC” que presenté en el Taller Internacional: Estudios del Paisaje, con motivo de la citada conmemoración sugería que al decidir sobre las transformaciones socioambientales a implementar para prevenir la desestructuración de nuestro territorio y evitar la fragmentación de sus ecosistemas, resultaba imperativo darle el carácter de sujeto al emprender su planificación y ordenamiento, partiendo de una reconstrucción del tejido social de las comunidades que lo habitan bajo el presupuesto de que aquél, antes que un espacio de transformaciones, es una construcción social e histórica derivada de relaciones dialécticas entre el medio natural y las colectividades humanas, proceso que emplaza igualmente a la sociedad civil como al Estado. En consecuencia, vale repensar la extensión de PCC al sur-occidente de Antioquia, hasta los poblados fundados a lo largo de la ruta de la Colonización Antioqueña.

Lo anterior no es un asunto de menor cuantía en el contexto colombiano, y menos tratándose de una sociedad afectada por la crisis de valores que degrada al Estado, la Familia, la Justicia y la Iglesia, y afligida por la pobreza e inequidad que se agudizan en las comunidades de los medios rurales. La viabilidad de intervención ciudadana en la operación misma del sistema de derechos individuales, políticos y sociales desde la sociedad civil, entendida como institución mediadora entre los individuos y el Estado, supone esa organización que se conforma por personas cívicas y libres, y por lo tanto por ciudadanos formados en valores de la cultura urbana, que al haber resuelto sus necesidades básicas puede actuar con autonomía económica y libertad de conciencia.

Sabemos: que una agroindustria cafetera intensiva en productos de base química, al emplear pesticidas, herbicidas y fungicidas y arrasar el sombrío, atenta contra el ecosistema; que en el caso de los productores rurales, tan solo cuatro años de escolaridad media, sumados a la grave problemática del transporte rural y a la ausencia de políticas e instrumentos institucionales, no hacen viable elevar la reducida productividad rural; que debemos generar capital social, multiplicar las oportunidades de desarrollo para el campo y recuperar la estructura natural y simbólica de la caficultura tradicional; y que urge resolver la brecha que explica los bajos ingresos rurales y la concentración del PIB regional en las capitales del Eje Cafetero, como consecuencia de la falta de políticas de ciencia y tecnología imbricadas en la cultura, como medidas necesarias para incorporar al agro el conocimiento como factor de producción, al lado de la tierra, del trabajo y del capital.

Así las cosas, el desafío que emplaza a nuestras instituciones a emprender políticas públicas y sectoriales de cara a esta compleja problemática socio-ambiental, con el objeto de que las comunidades rurales le incorporen valor agregado a su oferta de bienes culturales y servicios ambientales, debe partir de la Federación Nacional de Cafeteros y acompañarse del Estado, para que la benemérita organización creada en 1927 por nuestros productores se decida por un modelo de producción limpia, amigable con el medio ambiente, en el que los Comités de Cafeteros soporten las cadenas productivas de esa oferta rural diversificada, como estrategia necesaria para un verdadero desarrollo, comparable al que se implementó por el gremio de la rubiácea a lo largo de medio siglo, cuando se abrieron los caminos rurales para electrificar el campo y dotarlo de acueductos, escuelas y puestos de salud.

Tomado de periódico La Patria, Lunes, Agosto 6, 2012. http://www.lapatria.com/columnas/el-paisaje-cultural-cafetero