Archivo de la categoría: Ecosistema

La ciudad habita el territorio del agua

 “En el principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra, todo era confusión y no había nada en la tierra. Las tinieblas cubrían los abismos mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas”[1]

 Por: Norma Constanza Idárraga Hernández

Trabajadora Social, estudiante de la Maestría en Medio Ambiente y Desarrollo, Universidad Nacional de Colombia

Foto

Foto Idárraga, N. (2013) “Plan de Ordenación y Manejo de la Cuenca del río Chinchiná. Consejo de cuenca” , Manizales.  
 

La ciudad habita el territorio del agua. El génesis bíblico propone el agua como elemento necesario desde donde se empieza a construir la vida. Dios aletea sobre el agua como elemento primigenio del que parte la construcción, no de la creación pero sí del planeta como exponente de lo que será después la vida.

Aristóteles nos cuenta  en su obra Metafísica, que Tales de Mileto, filósofo de occidente,  propone el agua como el elemento principal y constitutivo del mundo. El filósofo ve en el líquido, en su naturaleza maleable y necesaria, el principio de la vida y de las cosas.

Pero más allá de elementos teológicos y filosóficos, pragmáticamente el agua es un elemento fundacional en el sentido más literal de la palabra. La especie humana  desde sus orígenes buscaron las riveras de los ríos, la proximidad de fuentes para asentarse. Aún hoy no pueden existir asentamientos sin agua, quienes buscan fundar una población pueden ignorar problemas como el clima, la calidad de la tierra y hasta las pendientes o las alturas, pero no el de la falta del líquido. Es así que la ciudad debe habitar el territorio del agua.

Las cuencas hidrográficas ofrecen numerosos servicios a la ciudad. El suministro mundial de agua dulce para uso doméstico, agrícola e industrial depende de los caudales que se producen y regulan en las cuencas. La agricultura y la seguridad alimentaria dependen en gran medida del agua superficial y los sedimentos recogidos y transportados por las laderas de las cuencas (FAO, 2007; Mountain .Agenda, 1998).

Pero no hay tal cosa como una simbiosis entre la ciudad y su patrimonio  hídrico. La urbe usa el líquido pero no ayuda ni  a conservarlo ni a mantenerlo siquiera limpio. Le roba espacios, tuerce sus cauces y desencadena tragedias producidas por una de las características más interesantes del agua, su versatilidad, su capacidad de escaparse, de encontrar siempre un camino, de no dejarse detener ni estancar.

Desde la antigüedad, el origen de las ciudades se ve relacionado con la presencia de una cuenca hidrográfica que permita el mejoramiento de la calidad de vida de sus habitantes. Sin embargo, también desde el origen de las ciudades en nuestro continente, la  relación Cuenca – ciudad no ha tenido la atención necesaria desde la planificación del territorio y los usos del suelo como lo han demostrado los estudios de la CEPAL (1999: página 22): 

Las riveras de los ríos son intensamente utilizadas por la población de escasos recursos  como medio de vida ya que estas áreas son utilizadas para establecerse y solucionar su problema de vivienda, sin preocuparse por  los riesgos que esto acarrea: inundaciones, deslizamientos, contaminación, falta de salubridad, inseguridad,  deteriorando totalmente su calidad de vida 

Los usos del agua están determinados por la altura. Y esto también tiene que ver, con excepciones, por supuesto, con las identidades de las ciudades. Las partes altas de las cuencas, denominadas páramo o jalca, son el lugar donde se genera y concentra la mayor parte del agua. Sus poblaciones son menores y en la mayoría de las regiones la habitan predominantemente pequeños productores, comunidades campesinas y pueblos indígenas. La cuenca media es el sector relacionado fundamentalmente con el escurrimiento del agua, siendo frecuente la presencia de pequeñas ciudades y gran actividad económica. La parte baja tiene pendientes mínimas, está constituida por amplios valles, donde se desarrolla una intensa actividad agropecuaria, y por medianas y grandes ciudades. Allí también se ubican los grandes proyectos de irrigación con importantes sistemas de embalse. El potencial de aguas subterráneas de estas zonas es alto (Corpocaldas, ASOCARS, Universidad Nacional de Colombia, 2012)

Manizales clasifica como una ciudad de cuenca urbana, (sería interesante la  reflexión acerca de qué hace que una ciudad sea realmente ciudad en relación con los usos y abusos sobre el agua y hacernos la pregunta acerca de si Manizales alcanza el no necesariamente honroso título). Definir si las poblaciones son o no ciudades a partir de los usos del agua sería un interesante ejercicio, que alejaría la discusión de temas solamente urbanísticos, poblacionales o de uso de los suelos.

Mélida Restrepo de Fraume enseñaba a Manizales como algo que está mucho más allá que un conjunto de calles y avenidas. Ella advertía sobre la idea errónea  y generalizada de pensar a Manizales como su zona urbana, pero era clara en sus clases, en que no podía olvidarse que Manizales es un territorio que abarca zonas de Páramo y también zona bajas que están entre los 800 y los 2 800 metros sobre el nivel del Mar.

Vista así hay que pensar a Manizales dentro de diferentes territorios del agua, y no solo, como se puede pensar a primera vista, como ubicada en único territorio.

A pesar de la gran importancia que tienen las cuencas hidrográficas, su deterioro sigue siendo evidente. Para el caso específico de la cuenca hidrográfica del río Chinchiná, territorio al que pertenece Manizales, se puede ver cómo a partir de la segunda mitad del siglo XIX se inició su proceso de deterioro. Extensas zonas fueron deforestadas debido a la extracción de madera y leña y a la ampliación de la frontera agropecuaria. Debido al uso equivocado del suelo se ha deteriorado la oferta ambiental, se ha modificado el ciclo hidrológico, hay altos niveles de sedimentación en las captaciones de agua, avanzan procesos erosivos, y hay pérdida de hábitat para la flora y la fauna (Acosta & Muñoz, 2005 página 4).

Este conflicto se genera en la mayoría de las ciudades que cuentan con una cuenca urbana. Existe entonces la necesidad de establecer una íntima relación entre la solución técnica de los planificadores y la vida que allí se desarrolla, es decir la participación de la comunidad que está presente en la cuenca, pues cómo se acaba de ver, la cuenca no se detiene en el territorio de la ciudad, sino que es la  ciudad la que afecta todo el territorio de la cuenca que habita.

Es desde esta idea que se han dado en la ciudad diálogos de saberes que permiten la

(…) conformación de comunidades activas, que interpreten, den significado y transformen su realidad desde sus propios contextos de vida, desde sus propias vivencias. Reconocer que el otro en la comunidad es poseedor del saber, del conocer que en la vivencia cotidiana ha construido, es un camino para pasar de la intervención al encuentro, de la imposición al diálogo y así impedir la dominación de las personas o grupos que realizan los trabajos con la comunidad, aspecto que ha sido muy común en éste tipo de procesos sociales (Cordero y Romero, 2007: página 1)

Estos diálogos permiten redimensionar el territorio a través de construcciones colectivas, no a partir de mapas si no de saberes tejidos en red que se conforman y se reconfiguran con la retroalimentación.

Los diálogos permiten crear conciencias en temas, sin los cuales lo que se hace en áreas como el uso de la madera y la leña en las cuencas serían solo normas que para los habitantes representan formas de represión del Estado y no maneras de convivir con los territorios del agua.

Es cierto que los bosques de las cuencas son una fuente importante de madera y leña y que la vida y los medios de subsistencia de gran parte de la población rural dependen directamente del patrimonio natural de la cuenca, pero no es cierto que las prácticas no puedan cambiar, eso sí, a partir del trabajo directo de la comunidad que se apropia de su cuenca, y no únicamente con medidas de carácter restrictivo o punitivo.

Bibliografía

Aristóteles, Metafísica, traducción de Calvo Martínez T., Gredos, Madrid 2005.

Cordero Rodríguez, Xiomeli; Romero, Elizabeth. (2007). Abordaje comunitario y el diálogo de saberes. Experiencias desde la educación superior.  Universidad Bolivariana de Venezuela ,Sede Zulia, Venezuela

CORPOCALDAS, ASOCAR, Universidad Nacional de Colombia sede Manizales. (2012).  Gestión Integral del recurso hídrico en la cuenca hidrográfica del río Chinchiná. Informe de avance No. 1. 2012, Documento sin publicar.

Acosta Israel, Muñoz Jorge (2005) Proyecto Forestal para la Cuenca del Río Chinchiná Departamento de Caldas. Estudio de caso No 1. Colombia. Procuenca.

Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la agricultura (1998). Mountain Agenda.  Mountains of the world. Watertowers  for the 21st century. Berna, Suiza, Universidad de Berna.

Dourojeanni Axel; Jouravlev Andrei. (1999) Gestión de cuencas y ríos vinculados con centros urbanos. Comisión Económica para América Latina y el Caribe CEPAL.


[1] Biblia Latinoamericana Católica

Anuncios

La resignificación del territorio como una posibilidad de construir identidad

Por: Edwin Eliecer Casanova Ortiz
Estudiante de la Maestría en Medio Ambiente y Desarrollo

Tierra - Naturaleza. Fuente: Edwin Casanova, 2013

Tierra – Naturaleza. Fuente: Edwin Casanova, 2013

El territorio es en la medida en que le damos sentido, es la apropiación que hacemos de un lugar, de un espacio, es la relación que establecemos con su ecosistema, la forma de habitar, las  sinergias que conforman nuestra vida y que a su vez generan  marcas y huellas  que plasman la historia  y la cultura  de un territorio. Al decir de Noguera (2004: 143) “Estas marcas y huellas, que son presencia de lo que ya no es y ausencia de lo que será, son el potencial ético-estético-ambiental de la vida urbana porque allí se estructuran los valores como prácticas que permiten la permanencia de las cosas en el mundo de la vida.  Dichas relaciones son entonces las que configuran el territorio, porque en el momento en que no podamos establecerlas se pierde la pertenencia a un lugar. Al respecto confirma Bozzano (2009:81) “ […] un territorio no es sólo un barrio, una ciudad, una región o un país, sino un barrio y su vida en alguien, un país y su vida en miles o millones de actores que se apropian, lo ocupan, lo usan, lo valorizan, lo explotan, lo degradan, lo preservan, lo resignifican cada vez”.

Teniendo en cuenta lo anterior, podemos decir que el territorio para el hombre está en una medida de la simbiosis entre lo tangible y lo intangible, ya que este se establece mediante relaciones objetivas y subjetivas entre él y el espacio.

En este sentido es necesario e importante abordar el estudio de los territorios  de una forma holística que nos permita entender que se hace parte  de un todo, de una  casa común: el planeta. Esta  capacidad de reconocer el  gran lugar nos permitirá hablar de responsabilidades que son importantes en la medida en que nacen de la gestión del territorio porque se vuelven responsabilidades sociales, territoriales y planetarias. Dichas consideraciones son explicadas por François Vallaeys (2006:3) cuando plantea:

Los desafíos del planeta tierra: problemas ecológicos, riesgos nucleares, miseria persistente, equilibrios geopolíticos inestables, exigencias democráticas de la sociedad civil, etc. obligan a tratar de poner orden en la casa común (oikos), encontrar la ley del hogar (eco-nomía, eco-logía) que preserve el hogar. Y esto es el interés de todos sin excepción.

Será entonces necesario tener un pensamiento que nos permita atender el entramado de la vida en los territorios desde los grandes retos; el ser humano ha sido generador de desafíos al intentar configurar un lugar a la medida de sus deseos, olvidando en ciertos momentos la lógica de  los limites y los puntos de no retorno, los cuales cobran una importancia vital porque al poder reconocerlos se nos permite gestionar relaciones sociales, económicas, ambientales, políticas y culturales  que allanan un camino hacia la “Sostenibilidad de la sociedad humana” concebida como lo propone Vallaeys (2011) “no en el sentido estrecho del “cuidado de la naturaleza”, sino en el sentido amplio de una justicia presente y futura que rechaza que el bienestar de los unos se pague con el malestar de los otros, sean estos últimos la generación presente de los excluidos o las generaciones futuras de los despojados”.

A partir de estas primeras reflexiones, este ensayo se centrará en generar un análisis de dos (2) elementos  que se consideran claves para entender la dinámica  de un territorio en el cual se reconocen las influencias de  los diferentes actores y la configuración de estos en el proceso de enrutamiento al  camino de  la sostenibilidad; ellos son la desigualdad y la generación de una cultura territorial.

La sostenibilidad como parte de una cultura territorial.

La sostenibilidad de un territorio depende del equilibrio con que se gestionen integralmente  los resultados en tres ámbitos: el económico, el ambiental y el social.  De igual forma es importante concertar el desarrollo de una cultura política  que permee una verdadera construcción democrática como lo afirma el Observatorio para la Sostenibilidad (sf: 23):

La democracia, más allá de una forma de organización política, es el valor fundamental que proporciona al ser humano la capacidad de regir su destino individual y colectivamente. La participación democrática conlleva la integración de todos los componentes que conforman el cuerpo social, descansando la legitimidad del proceso, en gran medida, en las posibilidades que la sociedad civil tiene de expresar su voluntad a través de los diferentes canales de participación disponibles.

Dicha cultura solo podrá ser consolidada a través de políticas públicas que signifiquen beneficios reales para la población de un territorio y su ecosistema, en términos de procesos organizacionales sistemáticos, libres de enfoques relacionados con la caridad y el asistencialismo. Estos últimos contribuyen a la dormitación de capacidades necesarias para la negociación de una apuesta con actores estratégicos que permitan dialogar acerca de una cultura para la sostenibilidad territorial. Así lo explica la Unesco (1996) en el informe Nuestra Diversidad Creativa:

[…] es inútil hablar de la cultura y el desarrollo como si fueran dos cosas separadas, cuando en realidad el desarrollo y la economía son elementos de la cultura de un pueblo. La cultura no es pues un instrumento del progreso material: es el fin y el objetivo del desarrollo, entendido en el sentido de realización de la existencia humana en todas sus formas y en toda su plenitud.” 

Podemos afirmar entonces que la sostenibilidad territorial  es necesaria en un proceso de  resignificación del concepto de identidad, pues debido al logro de esta se generan espacios sinérgicos (Culturales, económicos, sociales y ambientales) que permiten un desarrollo endógeno[1] e integral  como un primer paso hacia la consolidación de la sostenibilidad territorial, primero de las regiones  y luego del país.

La desigualdad en Latinoamérica y la apuesta de desarrollo territorial.

La historia latinoamericana es un relato acerca de la perdida de nuestra disposición a generar  un territorio para todos (incluyente e igualitario), hecho que se    fundamenta en el desconocimiento de una cultura ancestral  y autóctona que estaba permeada de elementos que configuraron en sus albores matices más cercanos a la sostenibilidad, como son la seguridad alimentaria y el cuidado del medio ambiente. Hoy se han convertido en los grandes retos de la humanidad, pero al parecer, en la lógica de un sistema capitalista sordo y perverso no tendrán respuesta aun en mucho tiempo. El inicio de  esta avanzada  se da luego de la colonización (1492) donde se nos impone toda una serie de normas que regularon la forma de vivir y que se centraron en la eliminación de todos aquellos elementos que configuraban el arraigo con nuestro territorio y la cosmovisión de los habitantes del continente  que luego se llamaría América. En general este proceso de desarraigo lo podemos vislumbrar  en  canciones como la  de Gabino Palomares: La maldición de Malinche (1975):

“Del mar los vieron llegar
mis hermanos emplumados
eran los hombres barbados
de la profecía esperada
oyó la voz del monarca
de que el dios había llegado
y les abrimos las puertas
por temor a lo ignorado (…..)
(….) en ese error entregamos
la grandeza del pasado
y en ese error nos quedamos 300 años esclavos (…)”.
 

Latinoamérica sometida aprendió a vivir entonces como le dijeron que debía hacerlo, y nuestros planes  de vida se configuraron en el sueño de alcanzar los ideales  de vida de otro territorio (Europa). Esto de alguna forma nos llevó a generar cargas que tuvieron sus impactos en los aspectos sociales, ambientales y por supuesto económicos; la desigualdad como  uno de los más graves.

Luego en el siglo XX, lineamientos como los emitidos en la llamada “Revolución Verde” y el “Consenso de Washington” continuaron el ahondamiento de las heridas generadas por los  problemas sociales, económicos y  ambientales que configuraron más aun el camino de la desigualdad, la inequidad y la pérdida de la dignidad en bastas zonas de nuestro territorio. En el primer caso se promovió durante los años 1940-1970 el monocultivo y la aplicación de grandes cantidades de agua, fertilizantes y plaguicidas a  la producción, con graves consecuencias ambientales. En el segundo, se trazaron una serie de políticas económicas para impulsar el crecimiento, impuestas por los organismos financieros internacionales con sede en Washington, sin consideraciones sobre la calidad de vida de las poblaciones.

Con estos antecedentes  es entendible el por qué hoy se hace mucho  más difícil llegar a un consenso de lo que se necesita en nuestra Nación y en  las  regiones para avanzar hacia la construcción de un territorio sostenible que promueva la equidad, la igualdad y reconfigure  el concepto del buen vivir para nuestros ciudadanos.

En este sentido, lo primero que se debe lograr es un equilibrio entre las relaciones y oportunidades que existen entre las sociedades urbanas y las sociedades rurales. Obviamente este equilibrio debe partir de un principio de equidad en donde se reconozca la diferencia pero que permita establecer una meta compartida para la cual se adjudicará con justicia lo que le corresponde a cada quien para el logro de la meta general planteada.  A partir de esta actividad podemos comenzar a resignificar el territorio amparados en el concepto de “Responsabilidad Social Territorial” (RST) explicado por el Grupo de Consultoría Estratégica Alquimia (2012):

La RST, es una efectiva estrategia de desarrollo integral, inclusiva y sostenible que permite hacer un proyecto de territorio, que involucra y moviliza a todas las partes interesadas en su desarrollo, en un proceso de cambio caracterizado por la integración equilibrada de múltiples iniciativas y dimensiones (económicas, sociales, culturales, medioambientales, etc.), junto con la corresponsabilidad de todas las partes afectadas.

De esta forma es posible plantear un método en donde se construya el espacio para la toma de decisiones  éticas permeadas de transparencia e iniciativas que se amparen en primer lugar en un verdadero compromiso incluyente de los sectores estratégicos; dichos sectores deben ser identificados con el nuevo enfoque  que propone las sostenibilidad territorial en un mapa estratégico de grupos de interés o portadores de retos, como lo menciona Francois Vallaeys (2012) en su conferencia “La ética en 3D: un nuevo concepto basado en virtud, justicia y sostenibilidad”, manifestando, por ejemplo, el compromiso con iniciativas como los Objetivos de Desarrollo del Milenio y los Principios del Pacto Global que obviamente deberán ser adaptados a las particularidades del territorio, pero de entrada son un primer paso.

El segundo paso estará en que podamos configurar un diagnóstico que nos hable de percepciones, intenciones, resultados y expectativas del territorio como lo muestra el Gráfico 1, pues a partir de este se facilitarán puntos de encuentro  que son realmente importantes a la hora de resignificar el territorio. Posteriormente será importante  que se construyan planes de gestión que deben ser una síntesis de un análisis de temas relevantes y puntos de encuentro identificados en el diagnóstico; dichos planes deberán ser sometidos  a un estudio de corresponsabilidad realizado con los grupos  estratégicos de interés antes de ser publicados y ejecutados.

 Gráfico 1. Puntos de encuentros para un análisis inicial de un territorio[3]

Fuente: Elaboración propia a partir del Esquema 6. Punto de intersección de la responsabilidad social universitaria. VALLAEYS, F. (2009).  Manual de primeros pasos en Responsabilidad Social Universitaria. México D.F.

Fuente: Elaboración propia a partir del Esquema 6. Punto de intersección de la responsabilidad social universitaria. VALLAEYS, F. (2009). Manual de primeros pasos en Responsabilidad Social Universitaria. México D.F.

Como proceso final de  responsabilidad social territorial debe generarse el balance de sostenibilidad territorial, el cual es un documento de reporte de logros, pero también de fallos y compromisos por ejecutar, siempre con un enfoque propositivo, de reflexión  y de mejora continua que permita reconocer alternativas de abordaje continuo de las nuevas relaciones que se generan en el territorio socialmente responsable.

A modo de epilogo:

Para resignificar  un territorio se hace necesario partir del entendimiento de este, como nuestra “Casa Común” la que nos afecta a todos; de aquí en adelante se deberá realizar una búsqueda tendiente a crear una cultura territorial equilibrada entre las actividades humanas y las ecosistemicas.

Un proyecto de territorio socialmente responsable permitirá reconocer  los limites y los puntos de no retorno, necesarios para la gestión sostenible del mismo.

La Sostenibilidad territorial  es un fin construido a partir de procesos de responsabilidad social territorial.

Bibliografía y Webgrafía:

Agruco. (2008). Desarrollo Endógeno. Revista compas (Nº 13). Disponible en http://www.agruco.org/compas/pdf/COMPAS%2013.pdf . (23 de octubre de 2013)

Bozzano, Horacio (2009). Territorios posibles. Procesos, lugares y actores. Ediciones Lumiere. Argentina.

Grupo De Consultoría Estratégica Alquimia. (2012). Guía para la incorporación de la Responsabilidad Social Territorial en las políticas de empleo a nivel local. España: Universidad de Valencia.

Observatorio De La Sostebilidad En España, (sf). Patrimonio Natural, Cultural Y Paisajístico Claves Para La Sostenibilidad Territorial. Disponible en: http://www.upv.es/contenidos/CAMUNISO/info/U0556177.pdf. Consultado el 26 de octubre de 2013

UNESCO (1996). Nuestra Diversidad Creativa. informe de la comisión mundial de cultura y desarrollo, Paris..

NOGUERA DE ECHEVERRY, A. P. (2004). El Reencantamiento del Mundo. Colombia: PNUMA – Oficina Regional para América Latina y el Caribe.

VALLAEYS, F. (2006). La Responsabilidad Social de las Organizaciones. Disponible en: http://blog.pucp.edu.pe/media/410/20061011-La%20Responsabilidad%20Social%20de%20las%20organizaciones.pdf. Consultado el 25 de octubre de 2013

VALLAEYS, F. (2009).  Manual de primeros pasos en Responsabilidad Social Universitaria. Ed. Mc Graw Hill, México D.F.

VALLAEYS, F. (2011). Resumen de la tesis de doctorado “Los fundamentos éticos de la responsabilidad social”. Disponible en: http://www.reddolac.org/profiles/blogs/los-fundamentos-eticos-de-la-responsabilidad-social-resumen-de-te. Consultado el 25 de octubre de 2013


[1] El desarrollo endógeno se basa en los criterios para el desarrollo específicos de los pueblos locales y considera su bienestar material, social y espiritual. Agruco. (2008). Desarrollo Endógeno, Revista compas (Nº 13), Extraído el 23 de octubre de 2013, de http://www.agruco.org/compas/pdf/COMPAS%2013.pdf

El Paisaje Cultural Cafetero

Por: Gonzalo Duque Escobar

Al cumplirse un año de la decisión de la Unesco, veamos los retos para que las transformaciones pasadas y futuras restauraciones del Paisaje Cultural Cafetero, proporcionen un medio ecológicamente sólido compatible con nuestra cultura, dado que su declaratoria como Patrimonio de la Humanidad nos obliga a implementar acciones institucionales concertadas con visión de futuro, para mitigar las amenazas naturales y antrópicas que ponen en riesgo ese frágil sistema cultural de la ecorregión cafetera colombiana, como herencia propia del pasado con la que nuestra comunidad vive pero que debe preservarse para las generaciones futuras.

Una visión retrospectiva del escenario permite advertir, entre otras, las siguientes dinámicas en el Eje Cafetero: Uno, que los poblados cafeteros se han rur-urbanizado y las capitales cafeteras, conurbado, en un escenario donde urge consolidar áreas metropolitanas y deben complementarse sus economías. Dos, que a partir de los años 70, al igual que la preciosa arquitectura vernácula del bahareque, la economía de las poblaciones cafeteras ha palidecido no solo por el deterioro de los términos de intercambio, sino por las consecuencias demográficas y ambientales de la Revolución Verde, asunto que obliga a una reconversión estructural del modelo productivo. Tres, que ha surgido la amenaza del calentamiento global con sus crecientes consecuencias hidrogeológicas asociadas a eventos climáticos extremos, en medio de unas cuencas deforestadas y de las frágiles laderas tropicales andinas, lugares que reclaman acciones de adaptación al cambio climático y soluciones de fondo a los conflictos de uso del suelo.

En la ponencia “Institucionalidad en el PCC” que presenté en el Taller Internacional: Estudios del Paisaje, con motivo de la citada conmemoración sugería que al decidir sobre las transformaciones socioambientales a implementar para prevenir la desestructuración de nuestro territorio y evitar la fragmentación de sus ecosistemas, resultaba imperativo darle el carácter de sujeto al emprender su planificación y ordenamiento, partiendo de una reconstrucción del tejido social de las comunidades que lo habitan bajo el presupuesto de que aquél, antes que un espacio de transformaciones, es una construcción social e histórica derivada de relaciones dialécticas entre el medio natural y las colectividades humanas, proceso que emplaza igualmente a la sociedad civil como al Estado. En consecuencia, vale repensar la extensión de PCC al sur-occidente de Antioquia, hasta los poblados fundados a lo largo de la ruta de la Colonización Antioqueña.

Lo anterior no es un asunto de menor cuantía en el contexto colombiano, y menos tratándose de una sociedad afectada por la crisis de valores que degrada al Estado, la Familia, la Justicia y la Iglesia, y afligida por la pobreza e inequidad que se agudizan en las comunidades de los medios rurales. La viabilidad de intervención ciudadana en la operación misma del sistema de derechos individuales, políticos y sociales desde la sociedad civil, entendida como institución mediadora entre los individuos y el Estado, supone esa organización que se conforma por personas cívicas y libres, y por lo tanto por ciudadanos formados en valores de la cultura urbana, que al haber resuelto sus necesidades básicas puede actuar con autonomía económica y libertad de conciencia.

Sabemos: que una agroindustria cafetera intensiva en productos de base química, al emplear pesticidas, herbicidas y fungicidas y arrasar el sombrío, atenta contra el ecosistema; que en el caso de los productores rurales, tan solo cuatro años de escolaridad media, sumados a la grave problemática del transporte rural y a la ausencia de políticas e instrumentos institucionales, no hacen viable elevar la reducida productividad rural; que debemos generar capital social, multiplicar las oportunidades de desarrollo para el campo y recuperar la estructura natural y simbólica de la caficultura tradicional; y que urge resolver la brecha que explica los bajos ingresos rurales y la concentración del PIB regional en las capitales del Eje Cafetero, como consecuencia de la falta de políticas de ciencia y tecnología imbricadas en la cultura, como medidas necesarias para incorporar al agro el conocimiento como factor de producción, al lado de la tierra, del trabajo y del capital.

Así las cosas, el desafío que emplaza a nuestras instituciones a emprender políticas públicas y sectoriales de cara a esta compleja problemática socio-ambiental, con el objeto de que las comunidades rurales le incorporen valor agregado a su oferta de bienes culturales y servicios ambientales, debe partir de la Federación Nacional de Cafeteros y acompañarse del Estado, para que la benemérita organización creada en 1927 por nuestros productores se decida por un modelo de producción limpia, amigable con el medio ambiente, en el que los Comités de Cafeteros soporten las cadenas productivas de esa oferta rural diversificada, como estrategia necesaria para un verdadero desarrollo, comparable al que se implementó por el gremio de la rubiácea a lo largo de medio siglo, cuando se abrieron los caminos rurales para electrificar el campo y dotarlo de acueductos, escuelas y puestos de salud.

Tomado de periódico La Patria, Lunes, Agosto 6, 2012. http://www.lapatria.com/columnas/el-paisaje-cultural-cafetero